¡Que venganza!

¡Que venganza!

frankensteinJaime Andrés Roldán
divisage@colombianet.net

Para mi gran satisfacción no fue Patricia quién me abrió la puerta sino su padre, al que nunca antes había visto. El médico me había rogado por teléfono que le visitase urgentemente pues se trataba de un asunto grave concerniente a su hija. Le seguí a través del alfombrado vestíbulo hacia su laboratorio, donde para sorpresa mía se encontraba ella recostada en una silla, como la de un odontólogo, cubierta con una cobija de lana y con una mata de cables en la cabeza.
– Pero… – susurré y corrí preocupado en su dirección.

Una vez traspasé la puerta recibí en el brazo, y sin aviso un pinchazo que poco a poco me fue dejando inconsciente. Sólo entonces vi que cerca de mi había una silla idéntica en la que tuve que recostarme.

Cuando desperté me encontré con la mirada y la sonrisa burlona del científico; yo estaba amarrado, o mejor, amarrada, a la silla y desnuda. Un grito agudo e innatural salió de mis labios:
-¡¡¡¿Qué ha hecho usted, doctor Tamayo?!!!

– En ese armario encontrará qué ponerse – respondió sin inmutarse, mientras señalaba al frente de la silla, que ocupaba yo al mismo tiempo que ocupaba el cuerpo de la muchacha. Al mirar hacia la derecha, por donde había entrado, vi yacer mi cuerpo muerto en el otro diván y con los mismos cables conectados en la cabeza.

“Si tanto le interesa”, gruñó Tamayo, ” he transportado su alma al cuerpo de Patricia, que murió de pena por su culpa”. Se quedó pensando con una vaga mirada puesta en el techo; en ese momento me di cuenta de que el tipo estaba completamente loco.

“El alma es fácil de absorber con la máquina de mi invención que halla a sus espaldas”, continuó, “con la cual la puedo sacar de cualquiera de los centros de energía del cuerpo humano, como el del cerebro, y ponerla donde yo quiera. Como podrá ver, bien lo habría podido trasladar a una piedra, una mesa, un lápiz, una planta, un perro, pero no es ese el castigo que se merece. Ahora voy a destruir la máquina causándole un corto circuito; luego lo desataré”.

– Espere, no lo haga – respondí con voz de soprano, llevándome las manos a la cara, en gesto femenino de horror, que tal vez era usual en aquel cuerpo en circunstancias como aquella; – no destruya la máquina, entiendo que quiera vengarse, pero al menos debería respetar. ..

– Después de que la máquina haya sido dañada – dijo alzando las manos, – nada ni nadie podrá hacerlo regresar a su verdadero cuerpo, ja, ja, ja, ini yo mismo sería capaz de reconstruirla, ja, ja, ja!

Aturdido, mis delicados pies me llevaron a mi apartamento; los hombres me silbaban y detenían sus autos para pitarme. La maleta de ropa que me dieron estaba muy pesada, me molestaban los tacones altos y el maquillaje en la cara. Cuando metí la llave en la cerradura me quebré una uña y no pude evitar sentirme furioso. Entré; me fui corriendo a la habitación a buscar el revólver. Lo único que me quedaba era morir como un hombre y lo cargué antes de que llegara mi esposa.

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