Clavitorial: “Si no le gusta, váyase”

La salida al aire de TeleSur ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de la independencia de los medios de comunicación. Aunque el presidente venezolano alega que respetará la autonomía del canal, los propios medios venezolanos temen que lo convierta en una versión 24 horas de su programa Aló, presidente con el que pretenda extender a todo el continente la propaganda de su “revolución bolivariana”. Y hay razones para desconfiar, ya que cuando un accionista compra el 51% de una empresa, lo hace para asegurarse de que aunque los demás socios se unan en su contra, siempre tendrá la mayoría absoluta en las votaciones que le aseguren el control de la compañía.

Esto no significa necesariamente que TeleSur se convierta paulatinamente en un manipulador TeleChávez, pero siempre existirá la posibilidad de que el dueño haga valer su derecho de propiedad para bloquear informaciones que no le favorezcan o que puedan herir susceptibilidades que no le convengan políticamente, como muchas veces lo han hecho Ted Turner y Rupert Murdock en sus correspondientes imperios mediáticos. Es aquí donde se pone en entredicho la supuesta independencia de los medios: cuando un periodista trate de ser objetivo y desde arriba lo censuren con un demoledor “si no le gusta, váyase”.

Estos medios tarde o temprano difundirán la versión de la realidad que más les convenga, que necesariamente influye en el público que esté expuesto a ellos. Por ejemplo, quienes viajan por Suramérica cuentan asombrados que en otros países los sectores de la izquierda todavía ven a los guerrilleros colombianos como héroes en los que está la esperanza de la revolución (¿?); quienes vayan al Imperio escucharán la versión narcoterrorista que Uribe les ha vendido; acá, en el mejor de los casos, se los ve como delincuentes organizados que traicionaron los ideales que tal vez tuvieron al principio. ¿Cuál es la versión más objetiva? Tal vez ninguna, porque cada una de ellas responde a las conveniencias de los dueños de los medios que las difunden, mientras que la verdad objetiva estará en algún lugar en medio de estos extremos.

Por otra parte, cuando no hay un único dueño (o un socio mayoritario) en menos probable que un trabajo objetivo afecte intereses particulares o gustos personales inamovibles y se encuentre el espacio para aportar.

¿Qué es lo que hace madura a una sociedad? Tal vez no haya una única respuesta correcta, pero sin duda esta madurez de la sociedad tiene que ver con la formación que reciben sus dirigentes cuando pasan por las universidades. Por esta razón los medios estudiantiles deben alentar a los universitarios a conocer los diferentes puntos de vista, opiniones y propuestas de los mismos estudiantes y las institucionales. Para mejorar, una sociedad madura (léase una comunidad universitaria madura) debe enfrentar sus problemas y discutir abiertamente sus propuestas de solución. Por el contrario, acallar o censurar las denuncias de sus integrantes (otra vez “si no le gusta, váyase”) sólo refleja una tenaz resistencia al cambio de los directivos, que lleva al estancamiento alejando al gobierno de las necesidades de sus gobernados. Así mismo, cuando es la misma institución la que controla o financia los pocos medios de comunicación estudiantiles, la crítica constructiva no alineada con la posición oficial tiene pocas posibilidades de salir a la luz pública.

De ahí la necesidad de medios estudiantiles independientes. Para poder decir lo que a los directivos de la institución no les interesa que se discuta públicamente hay que tener independencia. Para formarse un criterio propio hay que escuchar y aprender de los propios errores, pero para hacer el intento también hay que tener independencia. Sólo de esta manera se estará alentando a los futuros ciudadanos a opinar y aportar en lugar de esperar que algún mesías les resuelva los problemas sin tener que pensar ni comprometerse.

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