Clavitorial: ¿En manos de quién queremos nuestra libertad de expresión?

Clavitorial: ¿En manos de quién queremos nuestra libertad de expresión?

Si preguntamos a quienes nos rodean si consideran a la libertad un bien preciado, seguramente contestarán que sí, al menos de dientes para afuera porque a más de uno le encanta que le digan qué hacer para evitarse la fatiga de pensar. Esta libertad clavose parece más a un verdadero ejercicio de la voluntad personal que a la

ensoñación producida por alguna hierba recreativa, ya que requiere que tomemos decisiones sobre lo que queremos hacer y cómo lograrlo.

Sin embargo, para ser libre, es decir, para decidir cómo queremos vivir nuestra vida, la voluntad no basta. Además necesitamos de información confiable para poder tomar decisiones acertadas, ya que si ésta es equivocada, seríamos como el ciego que se estrella porque no ve por dónde va; si ésta es amañada según la conveniencia de otros, seríamos tan libres como un títere. Por esta razón no es viable esta presunta libertad si la información que la sustenta es incompleta, manipulada o si sólo responde a los intereses de una parte de la sociedad. Sólo podremos acercarnos un poco a la verdad si discutimos y confrontamos diferentes puntos de vista, ya que quienes tengan ideas encontradas y la oportunidad de expresarlas, podrán ganar adeptos o salir de un error al debatir con argumentos. Escuchar otros puntos de vista no necesariamente significa que tengamos que cambiar nuestro sesgo por el del vecino, sino que podemos enriquecer nuestra percepción con otras perspectivas que re-signifiquen lo que ya sabemos. Es escuchar sobre otros árboles para darnos cuenta de que estamos ante un bosque y no solamente ante el árbol que experimentamos desde nuestra limitada percepción.
Es allí donde entramos los universitarios, los jóvenes, los que conformamos una parte de la sociedad sin estar necesariamente de acuerdo con ella. Como acabamos de llegar, vemos las cosas desde una perspectiva diferente a la de los que llegaron primero, quienes han construido un mundo a la medida de su conveniencia. Si el mundo tal y como está les permite a los poderosos estar donde están, ¿para qué van a querer cambiarlo? Si la información con la que tomamos decisiones (qué estudiar, por quién votar, a dónde ir, qué comprar) es la producida por los medios de comunicación de los dueños del país, ¿nos enteraremos de alguna información contraria a sus intereses? Sabiendo que a nivel nacional de los pocos que se informan la gran mayoría lee un solo periódico (El tiempo), sólo lee una revista (Semana) y se emboba ante los dos canales privados de televisión (de los grupos Ardila Lulle y Santo Domingo) sería prudente desconfiar de que estos medios publiquen algo contrario a los intereses de sus dueños. ¿Cuál sería la verdadera razón por la que el director de Semana despidió a Hernando Gómez Buendía, quien para muchos era su columnista estrella? Para los desconfiados, la excusa chimba de un autoplagio intenta disfrazar que las críticas bien fundamentadas de este periodista eran una piedra en el zapato para los círculos del poder.
Durante generaciones han sido los estudiantes quienes han promovido los cambios más importantes en sus sociedades y aquí y ahora no somos la excepción. Si no nos gusta la sociedad en la que vivimos, debemos expresar cómo se ve la realidad desde nuestra perspectiva. Así podremos orientar a quienes toman decisiones y encontrar a otros con alguna afinidad con nuestras ideas, colaborando así para transformar la sociedad en aquella en la que nos gustaría vivir. De ahí la necesidad de que los medios alternativos publiquemos las ideas y hechos que nunca serían difundidos por los medios tradicionales. Así quienes sólo se acuerdan de los jóvenes para que votemos por ellos o consumamos sus productos sabrán qué tenemos qué decir.

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