Colombia Inc.

Colombia Inc.

En el año 2000, con el propósito de desarrollar la calidad humana de nuestro planeta, 193 países de las Naciones Unidas fijaron ocho metas que llamaron: Los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pongámoslo más sencillo. A unas personas con poder, por fin les dio por decir cómo era que tenían que arreglar las embarradas del pasado.

Ocho punticos fueron la conclusión: Erradicar la pobreza en el mundo; dar educación primaria universal; promover la igualdad entre los géneros; reducir la mortalidad infantil y la mortalidad materna; combatir las enfermedades transmisibles especialmente el VIH/SIDA; garantizar el sustento del medio ambiente y, finalmente fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

El octavo Objetivo del Milenio, se estableció para desarrollar el potencial comercial y financiero entre naciones. Sin embargo, esta meta fue acordada con el compromiso de lograr una buena gestión de los asuntos públicos y a su vez, reducir la pobreza.

En el año 2012, unas prostitutas cobraron 800 dólares en una habitación de hotel a los agentes del servicio secreto del presidente Obama. Ellos a su vez, redujeron la tarifa de aranceles y cancelaron   tan solo 50 dólares. Este hecho, anunció en el cielo cartagenero que ¡el TLC había llegado a Colombia! Que ese octavo mandamiento iba a ser canjeado.

Cabe preguntarse, ¿cómo se reducirá la pobreza cuando los beneficiados en dicho tratado son las grandes corporaciones? Por otro lado, se afirma que sólo quienes estén en capacidad de competir, lograrán sacar su tajada en este país de plátano. Y, ¿qué pasará con las pequeñas y medianas empresas?

La expectativa de un país como el nuestro, es que las acciones de sus gobernantes sean para el beneficio del pueblo. Además, para que nuestro país sea sostenible, necesita no sólo de desarrollo económico sino cultural. Pues bien, con esta libre asociación entre naciones, la sostenibilidad estará en promoción: pague una y llévese un 20% menos de producción cultural nacional.

Dentro del repertorio ofrecido, sabemos que la producción extranjera llegará a las culturas más recónditas para hacerlas más ‘turísticas’; entrará a las pantallas de nuestros televisores, para hacerlas más ‘globalizadas’. Entonces, aquel tratado que incrementará la economía de nuestro país, dejará en nuestro paladar ese amargo sabor a dinero. ¿Es justo que a cambio de globalización, reduzca la identidad de una nación?

En un artículo publicado en El Colombiano, Santiago Mejía Dugand afirmaba que un país importador, no era necesariamente un país sostenible. Pero no nos preocupemos tanto: el precio del desodorante y la ropa de ‘marca’ estarán a precio de huevo. Los automóviles que antes costaban más de 100 millones de pesos, estarán a precio de Renault 12. Y para quienes aún no alcancen a costear esta reducción de aranceles, tampoco es de preocuparse: la industria importará una considerable suma de carritos Hot Wheels.

A Colombia le llegó la coyuntura de los tratados de asociación, y dicen los que saben que el país pudo haberse preparado pero que no lo hizo. Que ahora unos ganarán y otros perderán. Como en una prueba básica de atletismo, sólo que la diferencia es que unos llevan trotando más de 100 años y los otros, a duras penas, saben correr para esconderse del conflicto. Por ahora, como ‘eltiempo lo dirá todo’, podremos ver ese espectáculo en pantallas más económicas, al lado de unas buenas alitas de pollo. Ver edición en linea

Comments

comments