Hacerse el güevón ya no funciona

Hacerse el güevón ya no funciona

¿No les ha pasado que a la entrada de la U se encuentran una nube de primíparos comprando cigarrillos? Lo revendedores de ‘minutos’ y chicles son felices vendiendo tabaco porque tienen la gran ventaja de que muchas universidades no dejan venderlo de la portería para dentro, y claro, son los más chiquitos los que aprovechan para gozar del ‘pucho’ prohibido.

Foto: Raquel - EL CLAVO

Foto: Raquel - EL CLAVO

El problema, naturalmente, no es de los “emprendedores por necesidad” se cuadren el bolsillo supliendo una oferta para la que hay abundante demanda, sino el mensaje de formación que las universidades le están enviando a los futuros ciudadanos. Como una representación a escala de la sociedad, las comunidades universitarias deberían ser un laboratorio donde los estudiantes experimentemos lo que significa hacer parte de una democracia, como por ejemplo elegir representantes, ser elegidos, tomar decisiones sobre inversión, trabajar en equipo de acuerdo con ciertas reglas, explorar actividades culturales y artísticas o exponerse a otras formas de pensamiento. Y lamentablemente, muchas de nuestras universidades están fallando en formarnos como adultos al tratarnos como niños de colegio que deben ser protegidos de su incapacidad para tomar decisiones.

Por eso proponemos que el problema del abuso del tabaco sea manejado de formas más efectivas y creativas que la simple represión. Independientemente de la discusión de si un conductor borracho es más peligroso que un marihuanero parchado en un parque, nos declaramos en contra de la doble moral de la sociedad, que sataniza unas prácticas cuando aplaude otras tan nocivas o peores. De la misma forma, nos declaramos en contra de la falta de visión de muchas instituciones educativas que pretenden tapar el sol con un dedo en lugar de tomar acciones que verdaderamente nos hagan menos vulnerables al abuso de sustancias prohibidas por la ley como las drogas psicoactivas y otras ante las cuales las autoridades simplemente se hacen las locas, como el tabaco o el licor.

Si las universidades de verdad quieren formarnos, deberían prohibir la venta de licores y cigarrillos a menores de edad como en cualquier parte, y más bien concentrar las energías invertidas en la prohibición en mostrar permanentemente los efectos del abuso de estas sustancias. Las universidades deberían preguntarse si los ciudadanos que quieren formar son los que evitarían caer en el abuso por convicción y no simplemente porque tienen un policía encima que los amenace con un castigo. Su misión entonces sería apoyarlos con mejores elementos de juicio en lugar de seguirnos tratando como si estuviéramos en el colegio.

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