Más opciones para graduarse

Más opciones para graduarse

Ilustración: Pepa - EL CLAVO

Al acabar materias se deben aprobar dos requisitos: la práctica empresarial y la tesis. Aunque la práctica empresarial suele despacharse en un semestre, la tesis suele ser un coco que asusta durante tres o más semestres.

Hay quienes acaban materias en un tiempo casi récord de nueve semestres, pero pueden demorarse varios años en acabar la tesis. Por eso no es raro el caso donde le preguntan al exitoso ‘profesional’ “¿cuándo va a hacer el posgrado?” o “¿por qué no le están pagando como profesional?” en la empresa donde trabaja. La respuesta: el cartón, y lo único que se interpone entre el estudiante y el cartón es la bendita tesis.

Hay quienes echan la culpa de la demora a los estudiantes, a los profesores y más concretamente a las universidades: que los profesores no tienen tiempo para asesorar a sus pupilos, que éstos no recibieron las herramientas adecuadas, etc.

Claro, todos estos factores seguramente influyen, pero tal vez la tesis en sí sea la mayor culpable. Empezando por su nombre, se espera de los estudiantes que elaboren trabajos de investigación que les abran las puertas del MIT o de la escuela de negocios de Harvard, pero la realidad de la gran mayoría de los estudiantes es el fracaso en concretar su trabajo de grado (nombre que acertadamente le dan muchas universidades a la mal llamada “tesis”). Los trabajos de grado deberían ser exactamente lo que su nombre indica, es decir, uno que permita al estudiante demostrar que tiene las competencias y habilidades necesarias para ejercer como profesional. Nada más. No se debería esperar que un trabajo de grado cambie el mundo, a menos que se trate de una tesis de maestría o doctorado cuyo énfasis es la investigación. Si a un estudiante no le interesa desarrollar su profesión por la línea de la investigación, lo más probable es que se sienta en un comercial de Davivienda: en el lugar equivocado.

Está muy bien que se espere un buen nivel de los trabajos de grado de los estudiantes universitarios, pero los trabajos de investigación deberían ser sólo para los que tienen la madera y el gusto por esa línea, no el único requisito para todo el mundo. El otro extremo es el de las universidades que asistiendo a un costosísimo seminario les permiten a sus estudiantes salir de ese requisito de grado. Sin embargo, no es claro cómo asistir a un seminario demuestra la capacidad profesional del graduando, a no ser que se refiera a la capacidad para conseguirse la plata para pagarlo.

En la mitad entre estos dos extremos, las universidades deberían pararle más bolas a proyectos como emprendimiento empresarial o innovación en las compañías donde los practicantes trabajan. Otras iniciativas como las de acción social también están sacando el pecho por varias universidades.
La idea es abrir el abanico de posibilidades. Así como no todos los que se gradúan tienen madera de empresarios, tampoco todos están dispuestos a sacarse canas en un laboratorio o irse al monte a trabajar con la comunidad. Pero entre más opciones haya, más probable es que los estudiantes encuentren alguna más afín a sus capacidades y a sus intereses en el mediano plazo. Esto parece más honesto que poner un requisito que los estudiantes y las instituciones asuman simplemente por cumplir.

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