#Columna: Advertencias – Revista El Clavo

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Advertencias

 

¿Se habrán imaginado su futuro en ese momento? Cuando vi cómo las personas de un jeep quedaban condenadas al humo negro del carro que volvía a arrancar, me pregunté si podría atreverme: preguntar, por ejemplo, si creían que lo recién vivido era la mala suerte de cualquiera – ¡qué se le hace!-, que podían conjurar cubriéndose, mirando hacia otro lado. O si, por el contrario, estarían dispuestos a arriesgar su tranquilidad con el sinsabor de aceptar que ese humo sería quizá la metáfora de una verdad que muchos en el mundo se obstinan en negar.

Y que, tarde o temprano, tendrá que ser nuestra prioridad.

Aún cuesta decirlo, pues es como si fuera un chiste, pero hay personas – entre ellos científicos, para nuestro pesar– que creen que el cambio climático es cosa de ociosos. Una falsa alarma que sólo genera incertidumbre y anarquía. Y que hay que detener antes de que tome fuerza y acabe con quién sabe cuántos más proyectos necesarios para el desarrollo del país.

Como si la preocupación de saber que la vida en este planeta no será eterna fuera la cruz de unos cuantos débiles. Como si las consultas para decidir si se conceden licencias medioambientales en lugares que sería mejor dejar como están fueran la rabieta de unos cuantos resentidos. Como si lo que ocurre en el mundo –las sequías que parecen desiertos, las grietas de kilómetros en los polos, los corales que amanecen blancos por falta de vida, la roca seca donde antes corría el agua, la caída del animal que murió sin saber qué estaba pasándole a su hábitat– fuera una conspiración de unos pocos que buscan figurar en las pantallas.

Como si, en fin, el interés de que la amenaza se haga pública sea una peor amenaza.

Y, entonces, la función de algunos poderosos se redujera a retar a todos esos desocupados con un desdén que ni la peor aristocracia, obligándolos a que den como garantía sus años de estudio para demostrar que los temores que en el siglo pasado parecían propios de la ciencia ficción, ahora deben ser la agenda del día.

Basta recordar cuando, en junio de 2017, Donald Trump –hombre de pragmatismo temerario– dijo que su país no se acogería al Acuerdo de París, creado para evitar que el siglo termine dos grados más caliente, argumentando que su producción estaría en desventaja frente a sus rivales chinos e indios, para entender de qué se trata todo. Y ver que, en una u otra medida, lo que pasa en nuestro país no es más que el eco lejano de la arrogancia con que asume la vida un gran sector de los Estados Unidos.

Con una diferencia: Colombia, con sus ríos de colores, su selva impenetrable, sus sierras nevadas, sus páramos tras la neblina, sus lluvias sin fin, sus flores y animales, tiene la responsabilidad de asegurar un vida mejor para el mundo. Y nosotros, a diario, la oportunidad de no darla por sentada, entregándonos a todos nuestros deseos. Para creer, así parezca que no nos corresponderá, que la vida para los hijos que vienen tiene que encontrar asidero en este lugar. Pues, hasta ahora, no hay otro posible.

 

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