#COLUMNA: El corazón olvidado

#COLUMNA: El corazón olvidado

El corazón olvidado

 

El MIO. Subir al MIO es entrar a una galería repleta de fantasmas; rostros ajenos que alargan la vista, allá, a lo lejos, en busca de un paraíso perdido. De tanto en tanto, un par de personas cruzan la mirada, entonces se produce un momento de luz, algo entre pánico y sonrisa que al instante queda opacado por la oscuridad y el silencio que impera.

La cantante. En medio de esta abadía rodante una sacudida arremete en la cabeza de todos. Lentamente la voz se incrusta como una víbora en la noche y ataca en lo más profundo. Nuestros rostros se vuelven y vemos a una ninfa de cabellos azules, entre ellos pequeños mechones dorados aparecen aquí y allá tímidamente. De su cuello cuelga un parlante y en su mano, como si se tratara de una varita mágica, un micrófono golpea incesante el aire; aunque sus labios no parecen moverse todo nos llega de golpe; sin tregua caemos en sus redes.

Como flotando en un mar sereno, cada uno se deja llevar por su canto de sirena urbana. Afuera, el mundo no importar más. Algunos comienzan a acompañarla, cantan la melodía en silencio, recordándola a veces, fallando casi siempre.

Cerramos los ojos intentando sumergirnos entre la marea de sonidos, ritmos y leve felicidad que brinda la mujer. De repente somos los niños de Hamelín, llevados sin rumbos y sin conciencia. En nuestro navegar la ciudad es un pasaje feliz de nuestra niñez, unos padres amorosos y su historia con esa canción, un amor lejano que creíamos olvidado, un día con amigos que nunca más volvimos a ver, la soledad del desengaño.

Algunos se olvidan de sus paradas, se olvidan de sostenerse y vuelan en libertad, se olvidan de quiénes son y dónde están. La memoria ahora se encuentra presa, somos los Argonautas y nuestro tesoro no es más que memorias, momentos que vuelven con el canto de la ninfa.

El fin. Cuando la última nota se apaga el silencio es unánime. La ninfa continúa hablando, agradece la atención y pide, si los corazones son grandes, alguna recompensa.

Nadie se mueve, nadie dice nada. La ninfa observa a un lado y otro, espera paciente con una sonrisa. Cuando se da cuenta que no recibirá mas que miradas perdidas, agradece una vez más. Ajena de su poder guarda la varita magia y baja en la siguiente parada, en busca de un tesoro que no encontrará.

 

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