Cinco minutos más y un café

Cinco minutos más y un café

Foto: Naranja Alucinógena

El coco sigue debajo de mi cama. Nunca puede contar ovejas. Estoy desbordada, turbia, seca, bloqueada. Llevo dos semanas  tomando café con el insomnio  a mi lado y aun así no he progresado,  echa un susurro en el bolsillo  y me dice: “¡Puta vida! te acompaño y no logras nada, este café no está cargado, sin sueño”. Un insomnio loco y un remedo de escritor a la madrugada  con 25 grados centígrados y ganas de orinar. Bendito insomnio inyéctame tu sexo en la nuca, y entretéjeme el pelo y los sueños que perdí en algún paradero oscuro. Te miré de reojo.  Ya estábamos solos, demasiado tarde, el café estaba listo. Le pregunté a la viuda que nos espiaba por entre las rendijas dulces de la persiana, sacó su cuasi sonrisa pálida  y apestaba a queso, tal vez parmesano.

Soy nueva dije  y me quedé encallada, las estrellas se embriagaron y cayeron una a una entre el  tufo de la mañana y las pecas del viento. Te pedí un café y me oliste a pensamientos ajenos, al viento cuando juega en el parque y gime al terminar la lluvia

Recordé tantas letras masticadas que nunca terminé de tragar, las miradas absurdas de mi infancia, neumáticos naufragando en ríos, espinas, apio, opio, vértebras, lenguas, perros callejeros, humo.

Empecé  a desearte a ocultarte del resto de ánimas impuras que buscaban tu sombra en la esquina del desvelo. Yo sólo quería escribir. El sólo quería existir.

Muchas veces me intenté meter un valium, olvidarte, pasar derecho sin mirarte las ojeras tan bien puestas que cargabas cuando te inyectabas mi nombre en la cabeza. Nunca intenté comprenderte. Deseé hablarte del sueño, del vértigo  que sucede cuando te sobresaltas y crees tener un caleidoscopio dentro. Bendito insomnio, me gusta cuando fumas y me susurras al oído hechizos trasnochados, quise acostarme contigo en unos ojos bien abiertos, en un sembrado de tomates afiebrados, en una palabra francesa, probar el H, intenté dormirte con caricias sueltas como ratoneras taciturnas deseé soñarte y cubrirte con un circo de pepas anaranjadas, sos veneno, tus muertos me muestran el cráneo roído por tu cuerpo, me advierten que me detengan y vos me arrancas la conciencia, me obligas a verla correr por el inodoro, la soltaste sin darme derecho a pintarme los labios.

Cruje el caparazón del sueño 1:00 am

– Llegas a tiempo, te esperé toda la tarde, con las uñas arranqué la cal de la pared anémica, regué la pimienta, decidí salir para compartir tu existencia.

Se llamaba George y tenía hoyuelos inundados de alcohol, le hable de vos, de cómo te inyectabas mi nombre y me revolcabas el cuerpo en un orgasmo sin tiempo, en el fondo del bar tres tristes tigres amenizaban la melancolía, la música se ahogaba de a poquito en las botellas de cerveza, las notas tambaleaban por la carretera, se estrellaban contra el parabrisas y agonizaban en el centro.

Me eché base durante un mes, me negué a contestar tus llamadas, me vestí de rojo, hablé de las mañanas, tome té, valeriana, manzanilla, tomé aire, apreté los ojos tan fuerte como mis parpados me permitían, intenté cerrarte la puerta, ponerte  pepas en los rincones, cantarte, contarte historias, leerte la biblia, arrullarte con la estática y el sopor de unos besos morfínicos. Nada. Me desvelo en tu nombre, en tu cuerpo, en tus huesudas ojeras, multicolores, en mi disecado pasado, ya no puedo más. Déjame rehabilitar. Estoy Perdida, caí, el reloj ha muerto. Nunca pude contar ovejas. Ni olvidar al coco. Hace mucho no veo al viento. Ya soy otro cráneo, ya estoy roída, demasiado tarde. No hay regreso.

¿Quieres un café?.. Sólo quédate un poco más, mírame te dejaré acariciarme las ojeras. Espérame. Aspírame. No duermas.

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