Cumpleaños 82

Cumpleaños 82

Primera parte

Ese día llegamos a celebrarle el cumpleaños numero 82 a una amiga; la conocía hace tan sólo cinco años, es decir cuando tenía la edad de 32.

Dije llegamos porque llegué acompañado de un compañero de estudio. Ya estábamos acabando la carrera de psicología y en verdad su compañía ya empezaba a hartarme; en la universidad se había metido en esos grupos políticos que están con el mismo cuento del socialismo y del comunismo, después del fracasó en la Unión Soviética, y nuestras conversaciones sólo trataban de política.

Aunque la verdad no eran conversaciones, ya hace muchos años que no decía nada y sólo asentía a lo que él decía, su terquedad, como casi todos los que integran aquellos grupos, era demasiado estricta y conversar se había vuelto una monotonía. Pensándolo bien, tampoco quería compartir mucho con las personas que en el recinto se encontraban, todos de un momento a otro ya eran intelectuales y la conversaciones entre intelectuales son demasiado aburridas, el disfrute de las cosas no se limita tan sólo a eso: al disfrute, sino, que todo debe ser analizado, observado, comparado y a todo debe ser aplicado alguna teoría.

Sin embargo, había decidido ir, porque el trago estaba de por medio en estas celebraciones y con él a veces las cosas son diferentes; se dice que con él sale el súper-ego y es interesante ver lo que las personas quieren ser en un futuro, unos son los más conversadores, cuando normalmente son tímidos y poco elocuentes, otros son los conquistadores de mujeres más impresionantes y se dedican a ‘tirarle los perros’ a cuanta mujer hay en la fiesta y otros de un momento a otro se convierten en heterosexuales cuando son homosexuales declarados y descubiertos. Yo por lo regular me convierto en el intelectual que odio.

Por otro lado, la mujer de la fiesta me interesaba, era lo bastante bonita como para no dejar de ir a su fiesta; la verdad la veía poco y esta era la excusa perfecta para convertirme en el tipo casanova y conquistador que no soy. También era una tipa lo bastante desquiciada como para que me agradara, es decir no era de esas que uno conoce a veces, que son pura facha y que se sientan a leer un libro mostrando la solapa, en los lugares bohemios de la ciudad, para que todo mundo se dé cuenta de lo que lee y que es una muchacha interesante.

Sus ojos eran oscuros y bastantes profundos como para perderse en ellos, sus labios rojos y carnosos, pero no exageradamente, su cara larga, pero no tan larga, una nariz fina, pero no demasiado pequeña, su cabello era negro, liso y largo.

Lo que más me gustaba era su culo, que de un tiempo para acá me tenían obsesionado; parecía un depravado mirándole el trasero a las mujeres (y pensar que por ahí cagan). Como les decía, ese traserito de ella era lo bastante bonito como para hacerme salivar, era pequeño, pero no excesivamente diminuto; redondito y paradito. Sus piernas tampoco se quedaban atrás, estaban lo bastante torneadas pero guardaban un poco de flexibilidad e inconsistencia, sus muslos eran grandes y las pantorrillas duritas, notándosele un poco de músculo en ambas partes. Por su parte, su piel era blanca, pero no lechosa o llegando a albina. Sus tetas eran pequeñas; y aún con 82 años conservaba una juventud adolescente impresionante, su cara tenía unos cachetes paraditos y pronunciados, pero no era cachetona. En fin, me encantaba todo; su cabello, sus senos, sus ojos, sus piernas, ¡Oh! y su culo, redondito y paradito, como para darle de nalgadas…


Segunda parte

…Bueno, ahí estábamos, celebrando el cumpleaños 82 de Juana, con gente que se las da de intelectual, pero que al fin y al cabo, a la ahora de la borrachera, vomitan, dicen estupideces, los abofetean y tienen tufo como cualquier otra persona.

Juana, desde que cumplió veinte, empezó a cambiarse la edad invirtiendo los números. Así que cuando tenía veinte decía que tenía dos, es decir, que en este momento no cumplía 82, sino, 28. Nosotros le seguíamos el juego que a la final comenzó a convertirse en una verdadera creencia. Imagínense a una joven de 28 años colocando que tiene 82 en las hojas de vida; por eso no conseguía trabajo, pero a ella le encantaba su juego y al final a nosotros también; imagínensela con 82 años diciendo que tiene 28. Los únicos años en que su edad era su edad, es cuando los dos números son iguales, por que ya no le queda de más, ¿cómo invertirlos? No hay manera, así que le toca decir la edad que tiene.

La fiesta siguió su curso normal, tragos baratos rodaban y pasaban, cantamos el feliz cumpleaños y contamos los 82 años, ella apagó las 82 velitas del ponqué y le dimos un CD de obsequio entre todos; una de esas bandas sesenteras que tanto le gustaban, un CD de esos que llaman “raro” y que es difícil de conseguir.

Cuando ya la nube de trago empezó a enturbiar el ambiente, las cosas empezaron a calentarse, todos nos paramos a bailar una canción de los Beatles, antes de que se volvieran hippies; ahí, baile con Juana; aunque el baile era colectivo, la empecé apretar lo más que pude y a ella parecía no importarle, sentí su aliento a aguardiente barato, cuando colocó su mejilla con la mía, y realmente me daban ganas de besarla; dejándome llevar, la apreté más y le apreté el culo con las manos.

Las cosas empezaban a calentarse y la sangre empezaba a fluir hacia el pene poniéndomelo erecto. Decidí bailar de ladito, porque no quería que lo notara, pero ella me apretó contra sí, pareció notarlo y pareció no importarle. Finalmente la canción se acabó y ella me dejó ahí parado y se sentó a hablar con el compañero que había llegado. Era adorable como se reía, su voz era delgada pero no chillona, y su risa era amplia y ruidosa, pero no desagradable ni exagerada, como esas viejas que se ríen duro para que todo el mundo las escuche y que ni siquiera se ríen en serio. La verdad, no sé de qué se reía, porque a mí, mi amigo, me parecía extremadamente aburrido, cuando hablaba parecía una máquina repitiendo las mismas frases y hablando de los mismos autores mal interpretados.

A parte de esto, no dejaba de ser un fantoche sacando a relucir los autores que se había leído, incluso, cuando contaba un chiste sacaba a relucir un escritor cualquiera y decía: “como decía tal autor de tal cosa…” y contaba el chiste. Me parecía un pequeño burgués de pacotilla, de esos tipos que toda la vida han sido ordinarios y pobres y que apenas tiene la oportunidad de conocimiento se la tienen que hacer saber a todo el mundo, como buscando la aceptación de los ricos ilustrados (que en serio me parecen una mierda). Siempre sacando a relucir los pintores, los escritores y las teorías que conocen. Esas actitudes me desagradaban bastante. Me gustaban más los ordinarios, los grotescos, los que no se andan con rodeos intelectuales para decirte algo que esos ordinarios que se colocan una facha de que no lo son. Por eso me agradan los ebrios y las borracheras; a la final, ricos o pobres, intelectuales o no, todos borrachos olemos a vomito y alcohol, tumbamos mesas, insultamos, asediamos a las mujeres o a los hombres, somos unos instintivos animales y a todos nos da resaca y guayabo…


Tercera parte

Otra canción de los Beatles, otro baile colectivo, más apretones, otra erección y más alcohol; y las cosas parecían no darse. Juana sólo me calentaba, para luego enfriarme cuando se acababa la canción hablando con cualquier otro de los tipos que estaban en aquella fiesta, su fiesta, la fiesta de sus 82 años. Parecía que tenía competencia, pues todos estaban entusiasmados hablando con Juana y rindiéndole pleitesía a ese culito que se movía graciosamente cuando caminaba. Decidí dejar de ser su esclavo y concentrarme en otra de las de la fiesta; Juana me había dejado lo suficientemente caliente como para que esa noche no me pudiera ir sin haber probado alguna de las vaginas que desfilaban, bailaban y bebían. Apenas me arrimé a Laura, Juana se levantó, se sentó en medio de Laura y yo y dejó de hablar con Roberto, un tonto que estudia ingeniería y que se las pica de doctor, que sólo piensa en tener mucho dinero y que se cree mejor que los demás por lo que estudia. ¡Ah las mujeres! Se sienten mejor cuantos más tipos tienen babeando por ellas. Juana no podía darse el lujo de perder a uno de los caballeros que esa noche la pretendía.

Hablamos de todo un poco y de nada en particular; yo empecé mis movimientos. Como estaba demasiado borracho para ser cortés, le lancé de una la mano a una teta y de una le lancé el beso; no me iba poner con romanticismos y palabrería intelectual como hacían los demás. Juana me correspondió. Sin pensarlo, le mande la mano al ‘chocho’ y con pantalones y todo empecé a mover el dedo de arriba hacia abajo por toda su vagina, ese coño se sentía delicioso, y como el pantalón era de dril, pude sentirlo abrirse y escurrir. Los demás nos miraron un rato sorprendidos y empezaron a lanzarse unos encima de otros y a tocarse. Yo ahí, con Juana. Empecé a quitarle la blusa y la maldita se atasco en el sostén, así que la arranqué, y cundo iba a chuparle uno de los senos, Juana frenó todo, me pegó una cachetada, me gritó “desgraciado” y “depravado” y se fue a uno de los cuartos del apartamento. Tal vez quería mostrar dignidad frente a los demás, pero no lo entendía, porque los demás también estaban en las mismas; parecía que estaban esperando que alguien lo iniciara para hacerlo también. Los contemplé en el piso, todos tirados ‘dándose dedo’, besándose, escupiéndose, masturbándose; unos chupaban, otros succionaban, otro lamían. Era una alfombra de gente tocándose mutuamente. Pensé en meterme en medio y tocar yo también, pero se me ocurrió que Juana tal vez se había ido a uno de los cuartos para que lo hiciéramos allá; así que espere unos minutos y fui.

Al abrir la puerta, allí estaba ella… pero con Laura; estaban tocándose la vagina mutuamente y se manoseaban los senos, ¡Oh, Dios! Qué espectáculo. Me sentí como el tipo más afortunado del planeta: dos mujeres esperando por mí. Esperé a que me llamaran, pues parecían no haberse percatado de mí presencia, pasaron varios minutos, y una se montó en el muslo de la otra y empezó a masturbase encima del muslo. ¡Oh Dios! Qué gemidos tan maravillosos los de Juana. Como no me llamaron, decidí meterme, cuando me metí, pararon, me miraron y entre las dos me gritaron: “¡Qué hacés aquí! ¡Largate!” y me sacaron a empujones, desnudo y ‘parolo’, pues había decido, antes de meterme, desnudarme para ahorrarles el trabajo, ya que ellas también estaban desnudas. ¡Por Dios! Ya tenía los ‘polvos’ en la cabeza, así que decidí meterme en la orgía de la sala, todo iba muy adelantado, penes en vaginas y en anos, vaginas con vaginas, penes en bocas y vaginas con bocas, dedos en coños, dedos en bocas, bocas con bocas. Lo pensé varias veces antes de meterme, buscaba el lado perfecto por donde entrar, pero el único hueco libre era entre dos hombres. Yo no soy homosexual, pero pensé que sí me metía ahí, luego lograría acomodarme. Así que me metí. Los dos tipos se alarmaron y me dijeron:“¡Oee Luís! ¿Qué te pasa? ¿Acaso te ‘mariquiaste’ o qué?”, y me sacaron de una patada.

Finalmente me tocó vestirme e irme. Llegué a casa, me hice la paja (me la hubiera hecho observando el espectáculo de Juana y de Laura) y me acosté a dormir.

FIN

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