Debajo de tu faldita

Debajo de tu faldita

…y siempre te metías en problemas con las monjitas.

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DEBAJO DE TU FALDITA

 

No me importaba tu silencio, siempre me gusta recorrer San Antonio callado. Poder escuchar la tarde, ese viento que nos acariciaba los cabellos y se metía bajo tu faldita a cuadros mientras caminábamos cogidos de la mano, era todo lo que necesitaba.

Tus amigas del colegio me decían que no siempre eras así, que de hecho eras de las que más hablaban en 10-1 y siempre te metías en problemas con las monjitas. Pero a mí no me importaba que anduvieras callada mientras me tomabas la mano, sólo quería ver esa sonrisa tuya que se acercaba a mi espalda y empezaba a morder hasta que una señora que salía de la panadería nos gritaba cosas y todos nosotros terminamos riéndonos y tu sólo me mordías más duro.

Me cayeron muy bien tus amigas, sobre todo esa que nos invitó para que fuéramos por la noche a su casa; además está muy bonita. Me fuiste contando la vida de todas ellas mientras te acomodabas en el pasto y te recostabas en mis piernas y te quedabas callada nuevamente contemplando el cielo. Sin decirme nada me obligaste a tenderme y nos besamos como ninguna otra pareja se había besado. No sabes cuánto me gustaron los mordiscos en las orejas y la sensación húmeda de tu lengua, y cómo se sentía de bien lo que había debajo de esa falda, y cómo se sentía de bien lo que había debajo de esa blusa. Y me gustó que no te importara toda esa gente que pasaba y nos miraba. Quién sabe que comentaban, pero no nos importaba eso así como a mí no me importaba tu silencio. Tampoco te importó ese grupo de muchachos que se acercaron a nosotros y comentaban cosas entre ellos.

En medio de tanta fogosidad aparecieron nuevamente tus palabras, me miraste a los ojos y con esa vocecita tuya tan excitante dijiste “este ‘man’ anda ‘luquiado’. Llévense lo que quieran, pero las zapatillas son mías”.

 

Autor: Hector José Agudelo Varela

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