El prosexo

El prosexo

Foto: Luis Gaviria - El Clavo

Cada día se hacen más insoportables, me refiero al onanismo y al reino que me arrastran ante mi turbia justicia secreta. Me he consagrado al erotismo con un hambre maldita y una sed resplandeciente. He imaginado actos sexuales avasallantes, llenos de sofismas antihigiénicos y de metáforas de pavimento ensangrentado. Por ejemplo: imagino que violo a Mónica Bellucci, como lo hacen en Irreversible. Pero yo soy sutil, casi un ángel sacrificado a la nostalgia. La penetro con tanta suavidad que puedo hacer una parodia de Hamlet: “morir o no morir sobre este culo italiano, he ahí el dilema”. La poseo como se posee el alma, con dudas y lágrimas. Entonces los gemidos de Bellucci llegan a mi corazón y lo endurecen, lo convierten en el diamante del centro de la tierra. Y todo termina cuando eyaculo sobre mi cama con el estertor de un Leviatán que descubriera su cómica mitología.

Pero también deseo a criaturas cercanas, a todas las bellezas que encuentro en esta ciudad de porquerías incesantes. Sodoma y Gomorra han sido mis padres espirituales, el Marqués de Sade, la Venus de mi prosa, y el priapismo, mi dogma incendiario. En cuanto a la literatura, basado en la herida surrealista, logré crear el personaje total. Un hombre capaz de convertirse en cualquier mujer, se convierte en las que desea y las posee con juguetes eróticos o con los augustos dedos. Siempre lo hace frente a un gran espejo, de esta manera logra lo que he llamado “La perfección de la bestia”. La masturbación de un cuerpo ajeno envuelto en las celadas del espíritu propio. Pero aunque es mi personaje dilecto, no puedo hablar más sobre él porque voy en caída libre hacia una forma colorida de extinción.

Usted, querido lector, debe imaginar a ese ser de aterradora certeza, si puede.
A mí, las erecciones voluntarias o involuntarias no me permiten descanso. Las imaginaciones no me dejan espacio para pensar otros filos —imagino a Kate Winslet desnuda, con una guitarra bajo la lluvia mientras toca algo de Nirvana— y debo acompañar cada  imagen con una masturbación, un grito y un poema. Comprendo que por haberme entregado sin contemplaciones a este juego hice poderosa mi condena.

La belleza que no emerge de nosotros para destruirnos no es belleza verdadera. Y aquí emergen mis hermosas fantasías con su incorruptible señalamiento. La Voluntad del Placer me aniquila como testimonio de mis desenfrenos narrativos. Con todos los objetos intento hacer un arte que sea un canto a Helena de Troya, cuyo cuerpo invento con lascivia santa. Mi corazón es una morgue de divas del cine, a quienes poseo en sueños de profundidad iconoclasta. Intento reconstruir mis acercamientos al mundo, pero siempre el deleatur del semen cae sobre mis fuerzas. Por  eso es insoportable, porque ya no puedo controlar la utopía feroz de mi carne, es una necesidad que me doblega. Se ha convertido en el mal ético supremo: morir en secreto para las bellas.

Después de escribir la  anterior declaración, intentando detenerme, creí que podría lograrlo. Detenerme significaba abandonar los genitales de las inescrupulosamente hermosas. De tal renuncia nacería  en mí algún tipo de coherencia social, algún límite sistemático.

Sin embargo, no puedo ocultar que el intento de huir era una autoburla premeditada, un acto de un miserable obrero religioso. Realizado sólo para hacer más beligerantes mis ascensiones.

Sonreí con recta malevolencia, como si poseyera un secreto capaz de hacerme millonario, me tendí en el suelo con las piernas y los brazos hacia fuera y con una erección hiriente. Deseé dosis de locura superiores a las dosis de cielo que las putas guardan en su cartera y feliz, porque la belleza me sobrevivirá, exhalé un quejido de perro…Y cerré los ojos. Angelina Jolie comenzaba a descender con el diáfano imperialismo de sus tetas.

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