El sudoroso

El sudoroso

¿Por qué sudare tanto? En todas las fotografías salgo brillando como un fosforito en la oscuridad y mis amigos de la escuela (si es que se llama así a la persona que te pega y te molesta en los recreos) se burlan de mí diciéndome que me estoy descongelando. ¿Descongelando? ¿Cómo? Si por menos me dicen dizque bola de cebo y puerco de lo gordo que estoy; sí me estuviera descongelando estaría, más bien, flaco. Aunque no me quejo, el sudor sabe rico y, cuando no tengo que hacer, me entretengo pasándome la lengua entre lo labios y recogiendo las gotas que caen de mi frente. Ese sabor saladito me recuerda el sabor de los chitos. Ah, y es mucho más rico cuando empiezo a chuparme el sudor de los brazos. Ahí sí que sabe raro, pero no feo, es como una combinación de varios sabores entre la sal y el azúcar ¿Como es que se le llama a eso? Sí, ácido, un sabor ácido; o como oí por ahí: agridulce.

La verdad es que mantengo solo; con ese olor a ajo que sale de mi organismo ¿Quien se me va arrimar? Eso me dice mamita (como le digo a mi abuela), porque a mí no me desagrada del todo el olor, me recuerda a esos perros calientes de la esquina que me gastaba mamita cuando podía. De pronto el olor a ajo se deba a que mi mamita me da mucho ajo, dizque pa` que no sufra de dolores de estomago. Que la verdad sí son unos retorsijones bárbaros los que me dan. Mi mamita se los achaca al demonio, pero yo más bien creo que me dan por comer tierra y cuanto animalito pasa por ella.

La verdad que el olor a ajo sí es como desagradable, aunque lo prefiero al olor que me sale de las axilas; todos me gritan: ¡échate desodorante!, pero mi mamita no me lo compra dizque porque eso es una perdedera de tiempo, que además con la pobreza que andamos que eso pa` que. Ni hablarles del olor de los pies: un día, mi mamita me compro dizque unos zapaticos pa` que me viera bonito y no pareciera el hijo de la peor mamá, pero el olor que empezó a salir de ahí, apenas me los quitaba, la hizo dejar la idea, ya que ni ella se aguantaba ese olor en el rancho. Ella no me lo dijo, pero yo vi que un día, mientras me creía dormido, se levanto de la cama y se los dio por la ventana al Jacinto, ése que me mantiene pegando y jalándome el pelo, dizque pa` que los vendiera.

Al otro día me dijo, cuando yo le pregunte por mis zapaticos, que se los habían robado y que era mejor que andará descalzo o con chanclas, dizque porque el barrio en que vivimos es muy peligroso y de pronto me hacen una chamba por bajármelos; y la verdad es que tiene toda la razón, en este barrio sólo abunda la pobreza y unos zapatos pueden ser un lujo pa` cualquiera. Además, pa` que zapatos sí yo ni salgo, sólo a la escuela y la misa; a la que mantengo yendo con mi mamita pa` hablar con el cura, ella le insiste y le insiste que una persona normal y además con mi edad no puede sudar tanto ni oler tan feo, que yo estoy poseído por el demonio, el cura me mira las pupilas de los ojos, como lo hacia también el doctorcito cuando el cura le recomendó a mi abuela que me llevara, y decía que el no me veía nada raro, mientras hacia cara de desagrado y se lavaba las manos, con harto jabón, después de haberme tocado. Mi mamita le insistía y le decía que de pronto lo tenia adentro y no se había despertado; qué porque en la noches escuchaba mis ronquidos y que se escuchaban como dos personas roncando al mismo tiempo, qué porque estos no eran normales porque eran como gruñidos de león y qué porque mi boca no se inmutaba, sólo se quedaba allí abiertota y sin moverse, mientras salían de mí los sonidos más espantosos. La verdad es que la abuela me tenia un poco de miedo y hasta desagrado, no me había abandonado, como lo hizo mamá al momento de verme nacer, porque era muy católica y sabia que se iba condenar sí lo hacía, pero ganas no le faltaban.

Y es que la verdad, cualquiera que me conociera pensaría que estoy poseído. Con esos ojos saltones y salidos de sus orbitas, con ésa nariz y orejas puntudas, con en ese maldito sudor que no me deja de salir de las pieles y las carnes, con ese olor a ajo parecido al azufre, con esos pies sucios y las axilas mal olientes, cualquiera diría que tengo el demonio adentro.

Ni pensar en lo que me tocaba hacer para no sudar, una vez me concentre tanto para no hacerlo que me dio dolor de cabeza. Otro día me encontré una botella de aguardiente, o más bien, se la robe a mi abuelita (ella cree que no sé donde las esconde) y me la bebí enterita, yo solo, al lado del caño y debajo de un árbol, donde nadie me viera. Me sentía mareado y me daba la risueña por todo, el mundo me daba vueltas, pero no sudaba; o al menos ésa era lo que yo creía, porque al otro día las ropas estaban juagadas en sudor, ¡tanto!… que podían escurrirse, y el sudor ya no olía a ajo, si no a trago. Culo de muenda la que me pego mi abuelita al sentir semejante olorcito saliendo de mis harapos, cuando los fue a lavar, y de mí, cundo me fue a preguntar porque olía la ropa a aguardiente.

De adeveras que yo hubiera podido vivir así, no me importaba lo que dijera la gente, ni como me miraban y se burlaban de mí, el doctor había dicho que era algo normal del desarrollo y se lo achaco a una enfermedad que no me acuerdo. Yo hubiera podido convivir con mi sudoroso y pegajoso cuerpo y con mis olores; que hasta empezaron hacérseme agradables y ya no me daba por bañarme y restregarme con estropajo y jabón hasta que me ardía, como hacia antes, ni me daba asco del olor cuando ensuciaba; me quedaba ahí oliendo lo que salía de mis entrañas y viendo a ver si estaban los insectos que me había comido. Hubiera podido vivir solito, sí a mi abuela le daba por abandonarme al fin; sino fuera porque era necesario convivir con los demás dizque pa` conseguir trabajo y pa` uno sostenerse. Aunque eso era lo que menos me importaba. Yo hubiera podido vivir solito, sino fuera porque a ésa condenada de la Aurora le da por aparecerse en la escuela, como alumna nueva, y hacerme sentir el revolteo de cientos de mariposas en mi estomago y darme las ganas de arrimármele a alguien.

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