En una calle cualquiera

En una calle cualquiera

Ilustración: Rachel - EL CLAVO

Ilustración: Rachel - EL CLAVO

“Desarrollarse”. Un cuidador de carros lo hace una y otra vez con la mujer que quiera incontables orgasmos seguidos y prolongados. Él se encargará de satisfacerla tanto cuanto pueda ella aguantar durante una faena de placer.

Murió en un accidente y vio su cadáver tendido en la morgue. Escuchó voces en un jardín y en retrospectiva contempló toda su vida, enterándose también de que su primera esposa lo engañaba desde hacía tiempo. Las voces le impedían continuar hacia una luz blanca, y a las cuatro horas de habérsele declarado clínicamente muerto, despertó y fue llevado a un hospital para ser atendido. El volante de su motocicleta le había destrozado el pene, y la reconstrucción le tomó más de un año de dolorosas sondas y operaciones. Los 185 puntos de cicatriz que tiene en su miembro le dieron una nueva forma rectilínea, sin curva alguna hacia ningún lado; dice que parece una bala.

Lo pueden encontrar en una calle cualquiera. Con su trapo rojo les ayudará a parquear su carro y le echará ojito a cambio de unas monedas. Hasta ahí es un trabajo cualquiera que cumple honestamente, pero si quiere retarlo o contratarlo hay algo que debe tener en cuenta. Si usted es hombre, su ego puede soportar que el tipo sea capaz de aguantar una erección el tiempo que desee en cada encuentro, pero le dolerá en el alma saber que inmediatamente después de eyacular, su pene sigue firme para empezar de nuevo. Si usted es mujer, su curiosidad será satisfecha por saber que hay un hombre que no necesita pausadas charlas al filo de la cama para continuar con ese orgasmo que, como mujer, a veces apenas comienza a sentirlo después del primer polvo.

¿Cuántas veces? Esa pregunta tiene, hasta ahora, respuesta inconclusa: 19 veces. En cada una de las ocasiones, en diferentes posiciones y ritmos, él se “desarrolló” (como él se refiere a eyacular) normalmente. Hubo testigos de aquella jornada motelera, pues habían apostado plata a que no era capaz de superar los cuatro polvos. Después del séptimo, el dinero se incrementó. Mientras se ponía el condón número veinte, la mujer (casada, por cierto) se rindió. Su cuerpo había sentido múltiples orgasmos sin descanso alguno, dejándola agotada, satisfecha y sin plata. Al final de la noche el cuidador recibió de los tahúres cinco millones.

Su segunda esposa lo regaña por masturbarse luego de que han acabado de tener sexo con tres o cuatro corridas que ella aguanta cada noche. El chisme vuela, y más de una mujer ha quedado sin duda de su infiel rendimiento. Varias prostitutas le han devuelto el dinero, ya que por una hora de pago trabajan lo de toda una noche.

Después del accidente sigue a cabalidad el consejo de su urólogo: “aproveche”. Al parecer, su vigor sexual radica en la tolerancia a tanto dolor al que se vio expuesto, y en la rabia que siente por todos los que jocosamente dudan de su hombría, como lo hizo su esposa cuando lo abandonó porque supuestamente ya no la iba a satisfacer en la cama.

Cuida carros y atiende favores sexuales: una combinación legendaria.

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