Historia de un robo

Me acaba de ratear un hampón. Sinceramente, yo antes de este atraco sentía a ratos compasión por un ladrón, o más bien no compasión, sino que era capaz de ponerme en sus zapatos, entenderlo. YA NO. Ningún “ser humano” tiene por qué robarte, humillarte, y amenazarte con que te va a volar la cabeza o dispararte en el pecho. Gente así no debe vivir.
Todo comenzó en la Universidad Javeriana. Había acompañado a una amiga a una reunión de un periódico estudiantil; luego de eso me quedé un rato mirando a las nenas hasta que me aburrí. Salí por la entrada peatonal, crucé la calle y esperé un Blanco y Negro ruta uno.
Iba en el bus, por los lados de Unicentro, cuando un malparido me tocó la espalda.

Ve, ¿dónde queda la entrada a Meléndez? ?me preguntó el tipo.
Te la acabás de pasar, tenés que bajarte acá, atravesar el centro comercial y entrar por la vía peatonal de la Universidad del Valle ?le respondí.
No, el barrio.
Ah, es más adelante.
Ya me ibas a hacer bajar acá, ¿no? ?me respondió con demasiada confianza la lacra de mierda.

Yo me irrité un toque, ya que si yo le tiro un hueso a un perro, no me interesa saber qué tal le pareció. El man tenía como treinta años, llevaba puesta una camisa blanca tipo polo, con correa y jeans. Tenía pelo corto, como de militar, y una cicatriz en la boca. El tipo me dio la impresión de ser un idiota, un nerdo de esos que andan pa’ arriba y pa’ abajo todo el día como un lagarto haciéndole favores a la mamá o quién sabe qué.

Luego me dijo, en tono muy bajito, de esos que [te toca] obligan a inclinar la cabeza y escuchar con pesar lo que un infeliz tiene para decirte.

Yo soy guerrillero, de las milicias urbanas de las Farc…

Me paré de una. Ese cuento ya lo había escuchado antes de la boca de mi ex novia. Caminé hasta la primera silla y me senté. Pensé haberme deshecho del lagarto cuando a los dos o tres minutos se me vuelve a sentar el hampón en el asiento de al lado, esta vez con un revólver tan negro como sus ojos.

No vuelva a hacer eso, hijueputa, estuve apunto de pegarte un pepazo en la cabeza, o en el pecho, ¿me oís hijueputa? Ni creás que el chofer te va a ayudar, yo le doy plomo a él también.

El tipo esta periqueado, no me cabe duda, tenía esos ojos negros, como los de una vaca muerta. El tipo no paraba de preguntarme bobadas, que dónde estudiaba, que en qué edificio, que cuál era mi nombre. Yo mentía. Luego al rato me preguntaba otra vez y yo le tiraba la misma mentira. Al final de cada oración y al principio me decía…

Hijueputa, yo te mato aquí mismo pero sabés qué, te voy a dejar sano malparido, porque sé que sos un hombre.

Yo sabia que no me iba a dejar sano, especialmente cuando se pasó a mi puesto. Sus intenciones eran obvias: él decía que me iba a enseñar una lección sobre la vida, pero yo sabía que él lo que quería eran mis cosas.

Me preguntó que qué tenía en la maleta. Le respondí la verdad: que mi cámara. El malnacido me ordeno que subiera mi morral a mis piernas y lo abriera. Del bolsillo más pequeño sacó un billete de veinte dólares, me dijo que se los iba a quedar. Yo como que “bueeeeeno…”. Lo que me preocupaba era mi cámara y lo del bolsillo izquierdo. Luego se subió un músico al bus, de esos talentosos que tocan tanto la armónica como la guitarra a la vez. Se hizo al frente nuestro; le hice señas; el me entendió, pero no actuó.

Mírame a los ojos hijueputa o te mato, ?me dijo el infeliz desde su boca mientras el resto de su cuerpo actuaba amigable.

Luego revisó la cámara, yo por dentro les pedía a los dioses que no se me la llevara. Es una Canon A-1, un clásico de la fotografía; mi papa la había comprado nuevecita en los 80; ahora la usaba yo y la amo.

No se me llevó la cámara por lo que es analógica y pesada. Se me iba a quedar con una pipa de vidrio, pero le dije que no, que eso es mío y solo podría ser mío.

Luego llego el momento al que temía.

Sacá lo que tenés en el bolsillo izquierdo hijueputa ?me ordenó la rata mientras con una mano se metía el revolver al canguro y me lo apuntaba directamente al pecho.

Lentamente saqué el Ipod negro de mi bolsillo, sabiendo que no tenia opción. Tampoco me iba a hacer matar por él, no aguanta dejar a mi hermanito sin hermano, a mis papas sin hijo y mis amigos sin amigo. Se lo pasé. Él se lo enchufó y yo supe que jamás lo volvería a tener entre mis manos. Eso me dolió. Puede que suene superficial, pero me dolió.

Yo le pedí que no me lo quitara. Me quité las gafas negras, lo mire a los ojos y le pedí que por favor no.

Callate hijueputa o te pego un tiro ¿oís?, me bajo de este bus balaceando a todo mundo ?me respondió el ratero casi con miedo a que le rompiera el corazón.

Una persona así no se puede considerar humana, es por eso que las relacionamos con las criaturas más despreciables sobre la tierra. Hay quienes lo justifiquen; yo antes los justificaba. Pensaba que era injusto que la ciudad no les diera más oportunidades… Pero nadie debe jamás tener el derecho de amenazarte de muerte con un revólver y quitarte las cosas. No, eso no es justificable.

Una opinión sobre Historia de un robo

  1. cagate por gil…

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