Lectura amena

Lectura amena

Eran las 6:10 a.m. y ella, aperezada, se levantó de la cama antes de lo previsto. Como le faltaban dos horas para ir a la oficina, se dirigió lagañosa al escritorio de acrílico y buscó entre las publicaciones del mes pasado la revista Intimidades, que había comprado ayer en un kiosco. Antes de asirla le echó un vistazo al reloj del celular y dedujo que el cielo iba a esclarecerse por completo en el tiempo que la clara de un huevo se blanquea en una sartén al fuego.

Ilustración: Diana Delgado - EL CLAVO

Tirándose un pedo, caminó lentamente por el pasillo del apartamento. Con la mano libre se empezó a bajar la falda color rojo. De espaldas, en el espejo del baño, se miró el calzón verde limón más abajo de lo normal y la línea oscura en medio de las nalgas. Estiró los brazos lo que más pudo para desperezarse. Entonces dejó caer la revista al piso y pegó un bostezo sonoro. Al cerrar la boca unas lagrimas sin tristeza le escurrían por los pómulos y algunas articulaciones le sonaron al tiempo nomás volvió a su postura normal. Respiró profundo para quitarse de un sólo tirón la camisilla de dormir. Semidesnuda, las tetas quietas en su lugar, cepilló sus dientes y, cuando escupió la crema dental en el lavamanos, se alegró al ver que no se había lastimado la encía.

Se secó las manos y los labios y, ya completamente desnuda, se sentó en el sanitario. Pensó en la corriente de un río al oír el sonido de sus orines. Como no podía alcanzar la revista que había tirado, estiró el pié y la arrastró por el piso embaldosado. La levantó, le dio media vuelta y por casualidad llegó a la nota que quería leer: “Consejos para adelgazar sin sacrificios”. Al ojear una fotografía, se tiró un pedo sopladito. Fuuuuuu. La revista se deslizó por su muslo izquierdo y cayó a un lado del sanitario
Poco a poco el ambiente se puso pesado, pero ella no lo notó: era su propio olor. Colocó de nuevo Intimidades sobre los muslos y buscó la nota que le interesaba. Pasó y pasó las hojas. No halló la página. “¿Dónde están los malditos consejos para adelgazar?”, se preguntó volteando la publicación de un lado a otro. No sabía que en la tercera página estaba el índice. Impaciente, se cansó de buscar. Tiró la revista al piso y el borde duro, donde se unen todas las páginas, le cayó en el meñique izquierdo. Una ola de dolor le subió por el pie y se estrelló en la rodilla.

Se agachó para masajearse el dedito. El pedicure no se le estropeó, pero la piel le quedó del mismo color de las uñas: roja. Al poner la espalda recta se palpó el abdomen más delgado que de costumbre y respiró un aire de orgullo que interrumpió la tronamenta de flatulencias que se vino acompañada de una explosiva evacuación. No fue un simple fuuuuuu sino uno con más us y erres: pruuuruuuruu. Se sintió toda sucia, untada de mierda hasta las manos y decidió limpiarse rápidamente para luego entrar en la ducha. Apresurada, desenvolvió el papel higiénico, lo envolvió y, sin darse cuenta, en la primera limpiada se untó de mierda la yema del índice derecho.

Una manchita cafecita y espesa. Una manchita café y especita. La mujer, con el culo casi seco, decidió no apresurarse y se acomodó en la taza como si fuera un asiento de la sala. Cogió otra vez la revista, la abrió y se le ocurrió una idea que no se le debió ocurrir para pasar una a una las hojas: llevarse la yema del índice derecho a la boca. Se humedeció el dedo con la lengua y por suerte no se enteró que aquel sabor amargo que quiso escupir era el rastro de lo que estaba a punto de descolgar en la taza.
Terminó de evacuar minutos después, al finalizar la lectura del horóscopo. Evite  aquello que la irrita, decía su signo. En la página siguiente encontró los “Consejos para adelgazar sin sacrificios” y los dejó para leerlos al día siguiente.

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