Me gusta el dinero fácil y breve

Me gusta el dinero fácil y breve

Todos los lunes a las 3 de la tarde, Jorge tiene una cita con su jefe para cuadrar el cronograma de la semana. A esa cita, a diferencia de las clases en la U o las reuniones con sus amigos y su novia, no puede llegar tarde.

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Colage por Mateo Aguirre - EL GUAREO - www.flickr.com/guareo

Es la primera regla de este negocio, “aquí hay que cumplir para cuidarse”. La reunión dura dos horas exactas en las cuales revisan las listas de la semana, se confirman las cédulas de los 10 ‘clientes’ y se hace un cronograma de visitas que depende del encargado de los envíos desde Estados Unidos. Según me contó Jorge, el encargado envía un mail que aparenta ser una planilla de inventario de una librería o de una ferretería con los nombres en código, para que “esos gringos no se la pillen, por ejemplo, Carolina es cartilla, cosas así”.

Con esa info, luego de despedirse del jefe, Jorge hace una llamada a todos los ‘clientes’ de su lista para cuadrarles la cita. “Tonces qué viejo López, con Jorge, ¡no me va a quedar mal no!, porque ya para mañana le toca a usted parce, tenés que estar después de las 10 de la mañana en…”. “Que más viejo Jairito, como van las clases, ah si eso es normal, que pedo, por eso le digo parce que por acá nos hacemos un billetico… listo parce, breve”.

A las 10:00 am del martes, el viejo López ingresa a la casa de cambio. Las casas de cambio son como teatros de la esperanza. Aquí las personas recogen los envíos que hacen sus familiares por el trabajo realizado en Estados Unidos, pero también es donde los pequeños empresarios recogen los giros de unos cuantos negocios realizados en dólares, por esa razón, no es extraño escuchar un madrazo luego de que la cajera les diga: “el giro no se ha hecho efectivo, debe esperar 9 horas”.

El viejo López ya no tiene nervios, la primera vez sufrió pensando que alguien estaba vigilándolo, pero luego de varios giros se dio cuenta que era “un trabajo fácil y sin hacerle daño a nadie, si o qué”. Jairito es diferente, ésta es su primera vez, y para rematar el cuento es el último de la lista. Esto quiere decir que Jairito debe recoger la mayor suma de la semana: 1.000 dólares. Jairito no lo hace por necesidad, en realidad no quería hacerlo, pero me confiesa que al ver a todos sus amigos hacerlo se sintió presionado y se comprometió, “cuando pasé mi cédula y me confirmaron el nombre de la persona, yo estaba tranquilo, pero cuando empieza la vieja a contar billetes de $20.000, de $10.000 y de $50.000 yo sólo pensaba, que putas hago aquí metido, luego me metí como pude ese fajo de billetes, y camino al taxi pensaba que donde me llegaran a robar terminaba era jodido”.

Ésa fue la forma como su amigo Jorge se metió de lleno en el negocio, “un día un amigo me llama, me comenta como es la cosa, y pues que 40 lucas breves”. Jorge siempre ha sido un negociante, desde pequeño trabajó vendiendo limones que su familia cultivaba en la finca de veraneo, luego vendió camisetas, luego CD’s de música, y ese espíritu lo impulsó a entrar en este negocio. “Ese día yo salí confiado, no era mucha plata, eran como 300 dólares, y fresco iba para el carro cuando escucho una moto, y el man apuntándome, y ‘que la plata’, y yo paniquiado, y ¡pum! me mete un golpe y me saca  la plata en segundos”.

Jorge tenía que responder, su amigo lo llevó donde los jefes quienes en ningún momento lo trataron mal sino que le ofrecieron una salida, “ellos me dijeron que el mejor negocio era conseguir listas de gente interesada en recoger los giros, si uno hacía un promedio de 10 personas semanales, algunas repetidas, podía pagarles en un mes, y lo mejor era que yo no tenía que volver a recoger más plata”. Jorge salió al rebusque de la gente: compañeros de la U, antiguos amigos del colegio, gente del equipo de fútbol, primos, amigos del primo, el amigo del amigo, el sobrino de la vecina sin trabajo, la señora que le arregla las uñas a su mamá, la empleada de la casa; todo el que se le apareciera recibió la propuesta. Así, en un mes recogió la gente y pagó su deuda, “ahí yo dije, no pues voy a hacerle otro mes y me salgo, (risas) y ya llevo un año”.
Lo más curioso de todo es que Jorge no es lo que normalmente consideramos un vago o un mediocre, Jorge estudia Economía en una prestante universidad de la ciudad, mantiene un promedio de 4.2, sus padres le proporcionan una mesada de $450.000 al mes, “ellos me darían más pero yo les digo que no necesito”. A diferencia del ciudadano promedio, a Jorge le encanta leer, “leo mucho a Coelho, y cosas como Padre rico padre pobre, algo de García Márquez”. Jorge no es amante de la rumba,  y hace bicicleta todos los martes y jueves en la noche, “me gusta mucho, con el sueldo de los primeros 2 meses me compré una con todos los fierros”.

El negocio de los giros es simple. En Colombia un grupo de narcos hace llegar la cocaína hasta México o la entran directamente a los Estados Unidos por submarino, lancha, avión, o cualquier método que no conocemos. Allá se vende al por mayor a distribuidores pequeños que son los que llevan la droga a la calle. El dinero recogido se divide en centros de acopio para luego ser enviado a Colombia, y un encargado se pone en la tarea de conseguir personas que armen listas de gente que envíen los giros a Colombia por un pago de 70 dólares. Lo mismo se hace en Colombia generando de este modo una cadena de personas que permiten que el dinero ingrese al país por medio del sistema financiero. Es lo que se conoce como lavado de activos.

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Ilustración: Leonardo Parra

A diferencia de Jorge, Jairito nunca más participaría en esto. “Es que yo no entiendo en qué momento me deje enredar, imagínate que más adelante lo investiguen a uno o algo así, se le cagan la vida, y todo por $40.000”.  De todas las personas con las que hablé sobre este tema, ninguna dejó entrever que le preocupara o le molestara el negocio del narcotráfico, más bien lo que les preocupaba era su reputación, su libertad y “pues hombre, no ir uno a encochinarse, por eso es que yo no recojo plata, yo estoy desde afuera, yo consigo la gente y no firmo nada con nadie” dice Jorge.

Frente al tema, las autoridades no tienen mayores herramientas, “es casi imposible judicializar personas por esta razón. Primero porque las divisas son muy protegidas ya que son una entrada muy importante de capital para el país. Segundo, hombre es muy difícil seguirles el rastro porque es tanta la gente que recibe plata de Estados Unidos que se podría caer en muchísimas arbitrariedades. Por eso es mejor guardar silencio sobre el tema” dice un policía de alto rango que no permitió publicar su identidad.

Decido preguntarle a Jorge sobre la ética de su trabajo, “yo no sé si está bien o mal, la cosa es que esa plata existe, y pues yo le saco provecho a eso, yo no estoy enviando droga, ni vendiéndosela a los niños, yo le hago ganar a la gente $40.000 por recoger una plata… usted viera la cara del vigi de mi casa cada vez que le digo que le toca ir a recoger”. Su respuesta me molesta bastante pero tengo que guardar la compostura. Le doy las gracias por atreverse a hablar del tema, le confirmo que no diré nada que lo comprometa y le doy la mano. Antes de despedirnos, Jorge me hace su habitual propuesta, “y vos que… esto del periodismo si te da, porque cuando querás me llamas y le haces, son $40.000”. No me queda más que sonreír y negar con la cabeza y recibo sus últimas palabras, “también podés armar listas, son entre $500.000 y $600.000 al mes dependiendo de la cantidad de gente que manejés, y así sí podés trabajar tranquilo en tu película y en tus artículos, pensálo”. Yo me quedo pensándolo, y cada vez estoy más convencido que el problema no es el narcotráfico, el problema es el afán desmedido por la plata.

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