Me rallaron la tabla

Me rallaron la tabla

Los sonidos de los martillos, de las sierras y de los taladros no dejaban que entendiera lo que pasaba. Una máquina me llevaba por partes, sí, por partes, hacia un cajón donde había muchos iguales a mí, desmembrados y atemorizados. Apenas y podía ver lo que pasaba, el lugar estaba lleno de personas con gafas, con tapones para sus oídos a  causa del ruido intenso, y sucios, manchados por la culpa que produce hacer un trabajo limpio y sin dejar evidencia alguna, con una práctica que a cualquiera deja pasmado, mas no a mí, sabía que tenía que estar atento para salir bien, o mejor, salir de esto. Al momento se me acercó una persona, robusta y de mal genio, sólo gritaba algo que nunca se me olvidará… ¡¿y qué, les quedo grande el trabajo, pues¡?… sólo sentí que me sujetó con sus robustas manos, me dio vuelta velozmente, agarró una parte que reconocí, me parecía familiar, sí, era mía y yo era de ella, la acercó y con un arma que producía un ruido infernal, me disparó, no una, ni dos, ni siquiera fueron tres impactos, fue un cuarteto de balazos todos llevados a cabo con premeditación, como muchos de los asesinatos en nuestro país, con alevosía. Perdí el conocimiento de nuevo, mientras que en sueños sentía lo que a mi cuerpo inerte le hacían, soñé cosas horribles, soñé impactos con armas eléctricas, de fuego y blancas, soñé que me tiraban de acá para allá, y no era sólo el robusto aquél, no, habían robustos, delgados, mujeres, en fin sólo sentía que me convertían en un objeto que movían, tiraban y hasta en un momento dado maquillaban para que el hecho y todo lo que ocurría ahí, fuera presentado ante el mundo como algo maravilloso.

Recuperé mis sentidos, me sentía bendecido después de tan cruel tortura, pude salir, abrir aunque sea mis ojos, y poder ver a mi alrededor. El paisaje era abrumador, vi a todos los que estaban conmigo en la caja, todos tenían signos de la gran tortura, de la aberración del maquillaje y de los impactos medidos como si esto hubiera sido planeado, parte por parte, como cualquier operativo de la policía o cualquier plan macabro de un sicario.

Íbamos en un camión, nos transportaban, ¿hacia dónde? No tenía la menor idea, solo sabía que nos llevaban a otro lugar seguramente a mostrarnos como trofeos o tal vez, por qué no, a seguir torturándonos. Sentía nervios, me dieron las populares cosquillas, tenía un nudo en la garganta, no podía hablar con ninguno de los que estaban a mi lado porque no me salían palabras y a ellos tampoco. El camión se detuvo, y con el parecía que se detenían los pensamientos de todos, ¿Qué iba pasar? ¿Dónde llegamos? Todo eso ya quedaba atrás, lo único que pensábamos es, a qué horas se abriría la compuerta y si el robusto iba a estar ahí. Nos bajaron. Uno por uno, nos llevaron a un salón, grande y frío, donde en línea cada uno de nosotros quedábamos como en el Ejército. Hubo un silencio que duró horas, hasta la noche. No soporté y dije… “¿qué nos irán hacer mañana?” Del miedo, nadie suscitó palabra. Al otro día, a eso de las siete, hubo mucho ruido, llegaron personas y nos pusimos felices, nos iban a tratar bien, nos iban a ayudar, pero para nuestra sorpresa, no se percataron que nosotros estábamos ahí, ni saludaron, sólo se nos sentaron encima y algunos hasta nos rallaron la cara, fue atemorizante y desilusionante cómo nos trataron como a cualquier pupitre viejo.

Ilustración Juan Pablo Solarte

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