Miedo

Miedo

Ilustración: Willington Giraldo

Apartó el último arbusto y llegó al claro donde lo esperaban sus hombres. La pala en la mano, el dolor en los hombros. Era una figura famélica vestida de cualquier manera. Sus cabellos estaban largos y revueltos, la barba una maraña inexpugnable, los ojos enrojecidos, fríos, sin expresión. Los largos años de lucha lo habían convertido en un hombre apático. Sólo la gigantesca 347 relucía en su diestra. Miró a sus hombres, un puñado de desnutridos que se pararon con desgano ante su presencia para hacer un amague de saludo.
No hay ningún honor en esto, pensó. Los hombres vieron el asomo de una sonrisa en ese rostro y temieron lo peor. Como un perro se percató de la emoción que producía en ese puñado de hombres marchitos y sonrió con una mueca que pretendía ser amable y sólo resultó atroz.

– ¿Acaso tienen miedo? – preguntó.
Nadie contestó.
No tenía ninguna insignia que lo situara ante los otros ni ninguna razón especial para ser elegido como líder. Sólo era así, de una forma distraída todos creían que él sí sabía lo que hacía.
– ¿De qué podrían tener miedo ustedes si estamos ganando la guerra, si son hombres?
– ¿De la muerte?
Un hombre bostezo sin darse cuenta, el fusil le colgaba con descuido del hombro.
– Digan algo, o es qué el gato se les comió la lengua.
 
Nadie dijo nada. Qué hubieran podido contestar, qué hacía mucho tiempo habían olvidado lo que era el miedo porque ya no recordaban lo que era el valor. El hombre los miro evaluándolos. Una duda asomaba en su cabeza. Eran apenas unos mocosos cuando iniciaron la lucha, ahora eran unos hombres famélicos que no sabían lo que querían.
Comenzó a desesperarse empujado por los mosquitos, por el calor de esa selva maldita, por el hambre, por la sed. A lo lejos un pájaro cantó. El hombre disparó en esa dirección. El estampido dejó todo en silencio de nuevo. La desesperación hacía presa en él pero no permitió que le llegara a los ojos. Entonces hizo la pregunta esperando que alguien tuviera la respuesta, esperando ese alivio.

– Soldados – gritó y su grito sonó apagado y sin importancia en medio del silencio – ¿Por qué luchamos?
Silencio.
– Por la patria – contestó al fin alguien con una voz apenas más fuerte que la de un niño.
– ¿Y qué es la patria?
– La patria es el orden y la armonía de este país.
El orden y la armonía…
Las palabras le salieron sin saber que las iba a pronunciar.
– La patria, soldado, somos un puñado de estúpidos que nos estamos matando – dijo. Y luego, con una voz vieja y cansada que no reconoció como suya – ¿Acaso alguien recuerda si éramos guerrilleros, militares o paramilitares?
Silencio. Ni siquiera él mismo recordaba quién lo había reclutado ni para qué.
– Pueden irse –ordenó.
Los hombres lo miraron atónitos. El hombre no se dio cuenta de ello. Sus nudillos estaban blancos alrededor del arma. Les dio la espalda y se internó en la selva sin decirles nada, no le quedaba nada más para decir o hacer.
¿Qué éramos? Se preguntó. Lo único que pudo recordar fueron las lustrosas botas que calzaba cuando inició todo. Ahora tenía los pies descalzos. ¿Qué éramos? Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda y escarlata. Se llevó el cañón del arma a su boca. No le sorprendió descubrir que sabía a lágrimas y sangre. Sus hombres escucharon el disparo y comenzaron a caminar hacia cualquier parte. La selva devoró implacable los últimos restos de la patria.

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