¡Oh!, ¡divino coño!

¡Oh!, ¡divino coño!

Foto: Luis Gaviria - El Clavo

¿Qué pasaría si un día el dios de los coños amaneciera de mal humor y mandase a recogerlos a todos de la faz de la tierra? ¿A dónde irían las impúdicas fogosidades que llegan a mi mente cada vez que Juana se me acerca contoneando su cadera de manera agresiva y picante? ¿Cómo fuera si mi mano se deslizara por debajo de su falda y se encontrase con que no hay nada? ¿Con qué el coño no existe, con que se ha ido a la mierda?

En ese entramado de cosas que es la vida,

de situaciones sin aviso,

de coincidencias absurdas y macabras,

del azar del destino

se encontraron dos hombres que son amigos, que son, gracias a la amistad y, al mismo destino,

hermanos por elección en un acuerdo que no hicieron, que no firmaron pero que, ambos entendieron y decidieron respetar

Y, ¿qué pasaría con Alicia, aquella muchacha experta en el oficio de masturbarse? ¿Cómo dejaría que su mente insulte su cuerpo, dejando que en él penetre hasta el más inimaginable objeto?

¡Oh!, ¡divino coño!, (sería la oración más rezada en los santuarios), aparece pronto porque si no el mundo va a enloquecer. ¿Qué pasaría con los amantes primerizos?, ¿En qué pensarían si un par de senos no saciaran todas sus ricas perversiones? ¿Qué pasaría con los abuelos?, ¿Dónde estarían sus pensamientos ahora que son los coños de sus nietas y las vergas de su nietos los que pueden divertirse con aquello que ellos conocen?

Hombres de verdad,

de esos que no vacilan a la hora de entregarse,

a la hora de amar.

De los que, cuando jóvenes entregaron su corazón y sus energías al placer y a divertirse como toca,

cuando el corazón y el cuerpo exigen;

así eran y construyeron sus destinos, sus

amores, sus tristezas…su propia vida.

Sin coño, no habría sacerdotes, si no sacerdotisas; mujeres frustradas por la imperfección de sus cuerpos, condenadas a andar rezando para calmar sus sucios ardores en lugar de estar putiando. Se dañaría un negocio, un bello negocio. No habría deliciosas groserías susurradas al oído de un amante insaciable que necesita de palabras para excitarse.

No habría en el mundo ni la mitad de la traiciones, ni tampoco se hubieran acabado imperios que se destruyeron por el rico olor a coño; por el insaciable derecho a penetrarlo, a tocarlo y a sentirlo tibio con la boca; o con la punta de la lengua.

Pero empezaron a madurar, y a creer que la fogosidad era pecado,

y descubrieron que estaba mal visto ser promiscuos

y entonces en un mismo acuerdo, que tampoco firmaron,

empezaron a esconderse y actuar de formas encubres, y siguieron el dictado de la sociedad;

fueron normales.

Nayibe, la proxeneta consagrada de mi barrio, no tendría gracia y nunca hubiera desocupado los improvisados estadios con el anuncio de dos polvos por el precio de uno. En el mundo se acabaría la dominación que existe del hombre sobre la mujer en la que monta; sin coños el mundo sería bastante diferente.

Se acabaron entonces las faenas eróticas en donde cada uno traía una hembra para entre ambos follarla

y dejar caer sobre la cama las evidencias de la pasión,

para luego entre risas y gimos de orgasmos tardios hablar, fumar y beber,

y para los adentros criticarse, culparse.

Reaparecerían los reinos como por arte de magia, los mismos que cayeron porque dos amigos decidieron enfrentarse a duelo por querer el mismo coño. Si los coños no existieran Matilda no sería una experta en el oficio de moverlo, y de tener contracciones evidenciadas con destreza; Ni Lida, ni Carmen, se hubieran embutido mi sexo ni luego con su lengua hubieran recorrido todo mi cuerpo hasta terminar en mis oídos, con un orgasmo hecho palabra; si no existieran yo no habría tenido que acabar con la vida de aquél que descubrió en medio de las piernas de Matilda lo que yo de memoria disfrutaba.

Llegó entonces para alguno de los dos la hembra que jamás habrían de compartir,

y con ella la lujuria malsana,

los engaños a los acuerdos invisibles.

La traición.

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