Paloma

Por esos días hacía un viento helado que le endurecía el rostro y le revolvía el alma. Aturdido, delirante y errático, Mario Postigo caminaba con pasos apenas insinuados a lugares conducentes a ninguna parte.

En la oscura calle de un bar venido a menos solía, a manera de ritual, darse un trago largo para olvidar. A veces pensaba si olvidaba con el licor, o si el licor se olvidaba de él y le hacía jirones el juicio mientras lo obnubilaba en su deseo de recuperar lo una vez perdido.

Se sentía como en un thriller, haciendo movimientos imprecisos que lo llevarían justo al cuchillo afilado del psicópata, deambulaba por las calles de los guapos de esquina, de los camajanes que se tomaban la vida misma del gollete de una sucia botella.

Era un alma en pena, una depresión que se resistía a morir. Cuadra tras cuadra, donde años atrás había paseado radiante con quien ahora le incendiaba el alma, se sentía más indiferente, más muerto, más intocado a su abrumadora verdad… la ausencia.

Un trago más para ahogar la pena, un trago más para perderse en el abismo de una resaca sin final, de una madrugada con gatos copulando y pájaros revoloteadores, un trago más para intentar olvidar, en vano, pues el olvido no existe, y en realidad nunca existirá. De alguna manera la memoria es la única cárcel de la cual nadie puede escapar.

A su paso era testigo de todo cuanto le deparaba la noche: en una esquina dos hombres destazaban a puñaladas a otro; más adelante, una chica tenía sexo con su amante. Postigo observó con morbo y la chica dejó escapar una mirada cómplice que alegró un poco su amargo existir; una mirada evocadora que lentamente se perdió entre el jadeo de los gemidos y la bruma que lo corroía todo. Una mirada…un alma…una esencia.

De pronto, y sin dormir, se le hacía de día entre cavilaciones y recriminaciones, entre lontananzas y maldiciones, entre opios y vinos de mala calidad, entre una realidad que no quería vivir y un estado alterado que no podía soportar ya más. La fantasía no era agradable, era una tortura lenta y despiadada, un morir estando muerto ya.

Brindaba por el recuerdo y también por el olvido, pensaba que mantener ese recuerdo era una forma de estar lo más vivo posible, lo más sincronizado con el espacio y con el tiempo. Lo menos perdido entre el caos.

De nuevo llegaba la noche, la noche y la lluvia, la noche la lluvia y la calle, una combinación a la cual Postigo acudía desesperado para distraer sus pesares. Mojado como ninguno solía irse al bar venido a menos, a la misma calle lastimera. Pedía un trago doble de whiskey y empezaba así el ritual histérico de otra noche sin sueño, sin más rumbo que el fondo de su copa esmerilada.

Cuando el bar estaba por cerrar, rayando el alba, una camarera lo encaró y le dijo sin vacilar: “¿Qué te pasa, guapo, qué pena de puta madre te traes?“, postigo se levantó, alto como era.

-No me sucede nada, sólo que me muero todos los días.
La mesera lo sujeto de la camisa y lo besó. No encontró respuesta en sus labios ausentes, lo miró como un lunático y se fue a terminar de arreglar las mesas restantes.

Calle abajo y con la mente revuelta de licor, desazón y dolor, Postigo deseaba que algo pasara, que algo lo sacudiese fuerte del letargo mortal. Pero nada, sólo perros con ojos como luciérnagas daban el toque variopinto a la noche. Escombros, un vetusto piano vertical desvencijado, luces públicas a medio alumbrar y vagabundos desafiantes eran las piezas del rompecabezas helado de la madrugada.

Una sirena de un auto de la policía local era la única melodía que se oía a lo lejos, Postigo se sentía morir: el sofoco de la pena, el ansia, la pena y el olvido denegado, la mierda de los perros de ojos como luciérnagas, la condena de saberse condenado, el caminar trastabillante, el corazón trepidante, desbordado, fragmentado como esquirlas de explosión, el beso inerte de la mesera, el agua aún en sus prendas, el frío en los pies y una cuadra eterna como los días sin su amada acompañaban su la lánguida existencia.

De repente, calle abajo y en dirección al muelle, un toque suave en el hombro interrumpió su mirar perdido. Era la chica del bar, la no bella pero agraciada. Ebria y sudorosa lo increpó sin palabras. Lo halló ausente, lo requirió con apremio. No hubo respuesta, estaba alicorado hasta la médula.

Se miraron fijamente, desde el efluvio de la borrachera. Surgió una sincronía silente, una conexión más allá de lo evidente. Por un momento Postigo sintió una extraña sensación de liberación. Un perro ladró fuerte, alguien corrió por un zaguán nauseabundo.

Postigo se paró frente a ella, inocente, indefenso, en silencio, suplicante. Tenía el cabello revuelto y una mirada eufórica, clara y azul como las noches sin viento. La mesera lo abrazó lentamente, tiernamente, lo liberó para siempre.

Un fino hilo de sangre emanó de su camisa. La miró en radiante agonía. Con la expresión que adquieren los que dejan de ser de este mundo. Una paloma voló, fue una última visión; cálida, piadosa, misericorde, un último golpe de brisa y una sonrisa que suponía el encuentro con lo que no fue.

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