PROTESTA… ¿SILENCIOSA?

PROTESTA… ¿SILENCIOSA?

Las llantas del coche friccionan con fuerza el concreto. El sonido llama la atención de todos y en segundos aparece una multitud que emblanquece la calle y se dirige hacia el Austin azul.

monjeSon monjes que protestan, llevan banderas y pancartas que piden acabar con la opresión religiosa implantada por Ngo Dinh Diem y la imposición a sangre y fuego de la religión católica en Vietnam. Diem, católico y primer presidente de la república de Vietnam desde hace ocho años ha sido apoyado por los Estados Unidos de América.

Sin duda, se hará realidad eso que dijo un monje ayer a cuatro voces de que “algo importante” iba a ocurrir aquí en Saigón. Debo confesar que me he demorado en tomar mi jugo de fruta en esta esquina esperando a que “algo importante” pase. Me han contado y he leído mucho sobre estas tierras, la guerra llamó mi atención y como después de una guerra viene la reconstrucción, aquí hay un buen negocio.

Las puertas del coche azul se abren y salen tres hombres con túnicas blancas. La muchedumbre llega rápidamente y los curiosos salimos de nuestro escondite excitados por la conmoción. Uno de los hombres, que parece ser el líder, camina unos metros manteniendo su mirada en el concreto. Para, y un segundo hombre se acerca con una almohada en su mano. El líder se sienta encima de la almohada, en posición de loto.

-¿Qué pasa? – preguntó a un desconocido. Una protesta – dice el hombre- hace un mes cazaron a nueve. Ese, el que ve ahí, es Thich Quang Duc. Me mira de abajo hacia arriba y se percata – no soy de aquí.

Veo a un tercer hombre, saca del coche un bidón repleto de gasolina y la multitud se aglutina más. El monje sentado le hace una seña a sus acompañantes y éstos lo rocían como si fuera agua para esa flor de loto que se enraíza en el pavimento. Mis piernas tiemblan, mis ojos no pueden ni quieren mirar hacia otro lugar. Veo que en sus manos el monje lleva unos cerillos.

Thich Quang Duc cierra sus ojos y fricciona un cerillo contra la caja. No veo ninguna chispa. En cuestión de segundos, el aire se hace denso y el monje es una antorcha humana, las llamas se apoderan de su cuerpo sin compasión, lo recorren de la cabeza a los pies, el olor a carne quemada es insoportable, el fuego lo consume pero él no se mueve, permanece con sus ojos cerrados, en la misma posición, ninguna expresión en su rostro, ningún movimiento, nada.

Me siento mareado, la gente murmura, unos lloran, otros gritan y el monje sigue carbonizándose en su silencio aún cobijado en esas llamaradas. No puedo evitarlo pero siento que algo de su cuerpo ha entrado por mi nariz, me retiro y vomito en una esquina. Es un momento confuso, empiezo a llorar, me tiro al piso, volteo y aún está allí ese monje de hierro que a pesar de las violentas flamas, no movió ni un músculo.

Un monje con micrófono en mano repite una y otra vez, “Un sacerdote budista se ha quemado hasta la muerte. Un sacerdote budista se ha convertido en mártir”. Las llamas parecen extintas, el ennegrecido cuerpo del monje cae hacia un lado y veo que su silueta parece la de un niño.

Ya estoy listo para dejar esta tierra. Me llevo una imagen que me atormentará por siempre. Ahora el mundo vuelve y mira con espanto a Vietnam. Salgo por eso, hablan de un golpe de Estado. No es seguro estar aquí cuando tienes visa diplomática y eres estadounidense.

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