Sin Ideas

Sin Ideas

sin ideas

Imagen tomada de www.flickr.com

Se sentó en su escritorio a las 7:00 de la mañana y prendió su portátil.  Pasados 15 minutos se dio cuenta que estaba sufriendo un episodio del síndrome “Pantalla en blanco”. ¿Qué hacer? El escritor no podía darse el lujo de permanecer así; se tranquilizó por un momento, pues recordó que el plazo para enviar la columna vencía a la medianoche.

Cómo seguía sin ocurrírsele nada, abrió un par de archivos viejos: Leyó uno, le pareció una basura y lo cerró. Intentó editar otro. Agregó comas, un par de palabras aquí y allá, cambió puntos por punto y comas y viceversa. Al final de esa edición frenética leyó el escrito y no le gustó el ritmo que tenía; también lo cerró y sentenció ese archivo a la papelera de reciclaje.

Puso sus dos brazos sobre el escritorio, y se apartó de éste, empujándose hacia atrás. Decidió salir a caminar, pues era una actividad que siempre le despejaba la mente y  también le hacía florecer un par de ideas. Se tranquilizó al darse cuenta que sólo necesitaba una, y que todavía tenía más de 10 horas para que alguna encontrara la dirección de las puertas de su imaginación.

Después de una caminata de 30 minutos, su mente aún era un desierto, un terreno infértil.  Decidió pensar en otra cosa. La ansiedad que tenía no estaba colaborando con su proceso creativo. Llamó a Pedro, un amigo pintor y quedaron en almorzar. El escritor ocupó el  resto de la mañana a hacer el  aseo de su aparta-estudio.

Ya en el restaurante, su amigo le preguntó:

 

– “¿Qué te pasa hombre? Por la cara que tienes parece que estuvieras enfermo”

– “No es nada” Respondió

– “ ¿Seguro?”

– “Es que…”

– “Dale, suéltalo, que tragarnos nuestras ideas solos no es bueno”

 

Las palabras de su amigo fueron como unos dardos que se le clavaron en su ego. Intentó sonreír mientras hablaba.

 

– “En parte eso es precisamente lo que me ocurre, ni siquiera tengo ideas para tragar”

– “¿Estás sufriendo un episodio de Pantalla en Blanco?”

– “¡Sí! Y estoy desesperado, desde esta mañana he querido escribir, y ni una palabra fluye hacia mis dedos.

– “Tranquilo, tú sabes que siempre existe la posibilidad de…”

– “¡Eso ni pensarlo hombre!, primero muerto”

– “Bueno, sólo era una sugerencia, pidamos una botella de vino, el trago siempre nos regala palabras.”

 

Esa primera botella se convirtió en otras dos, que ayudaron a que el escritor olvidara su situación por un par de horas. Cuando dejaron el restaurante y cada uno tomó su rumbo, se dio cuenta que ninguna idea se asomaba por su cabeza.

Ya eran las 4:30 p.m. y pronto todos los comercios cerrarían. Recordó la charla con su amigo, y supo que no tenía otra opción. Cambió la dirección de su rumbo y camino más rápido.

A 10 minutos de las 5:00 p.m llegó a la tienda de ideas. Nunca había entrado a ese sitio, pero quedó abrumado ante la oferta de ideas desechadas y nuca llevadas a cabo que estaban a la venta. Con algo de timidez le pidió al cajero que le diera una idea de opinión. El hombre le pregunto “¿sobre qué?”, y el escritor respondió “De lo que sea, no me importa, una que me permita escribir unas 500 palabras”.

 

Escrito por Juan Manuel Rodríguez  @Vieleicht

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