Y el viejo don Juan me lo dijo, después de morir

El viejo don Juan había vivido en soledad los últimos años de su vida. Su esposa, doña Aurora, murió cuando yo estaba muy pequeño y por eso ni siquiera guardo memoria del asunto. En soledad quedaría su casa, donde me aguardaba el secreto.

Don Juan, con los ojos que parecían perdidos, solía decirme.

– Lo importante no es lo que hagas, sino lo que seas.

Yo no entendía.

– No importa lo que quieras ser, importa que lo intentes. Hacéme caso.

Me las repitió en varios momentos hasta su muerte, cuando me reveló el secreto.

Él me introducía en el mundo de las aventuras. Solíamos acudir a Verne, Salgari, Defoe, Swift, todos los bienhechores de mis primeros años; años en los que, claro está, también fui introduciéndome, sin saberlo, al secreto.

Pero el buen anciano, en fin, iba declinando y declinando cada vez más. Sus silencios se hicieron más largos.

Todavía me acuerdo cuando me lo dijeron, por la mañana, los chicos mientras iba al colegio. Yo no reaccioné, aunque sabía que la carta del secreto habría quedado bajo la nostálgica intimidad de su casa.

Hacia la noche, me aclararon, sería el velatorio.

Así que estaba en la noche, el día del velatorio. Se realizaba en su propia casa. Yo no quería verlo —ahí, acostado y frío y yo con mis trece años—; prefería guardármelo tal cual lo había conocido. Y a la mañana del día siguiente se lo llevaron al viejo. A la tarde, la casa ya estaba sola. En esa casa, pensé, ya nunca más nadie va a vivir: allí sigue viviendo el viejo don Juan…

Cuando salté por la verja y entré, tuve la sensación de que invadía los dominios de un fantasma. Y ya estaba, pues, ante el secreto.

Es que don Juan me lo había aclarado, por fin, unos días antes.

– Te voy a dejar una carta —escuchaba otra vez a su voz, mientras que ahora yo revolvía en su cuarto, entre sus viejos papeles—. Te la voy a dejar para cuando seas grande. Y en ella vas a saber quién sos.

Y también me había insistido, otra vez, y con un aire enigmático:

– No importa lo que quieras ser, importa que lo intentes. Hacéme caso.

Entonces seguí buscando y buscando: hasta que, de pronto, y metida bien al fondo de un viejo baúl, vi una carta en la que en efecto decía mi nombre. Y era una carta en la que, muchos años después, también decía quién era yo.

Tal y como el viejo don Juan me lo había prometido. Hace ya muchos años, en su secreto….

Conservo la carta, lógicamente. Y vuelta a vuelta, en los ásperos y malos y depresivos momentos, la vuelvo y la vuelvo a leer: una y otra vez. Y cuando estoy bien, me fijo en ella; y así descubro cuánta razón tenía don Juan; cuánta razón tenía, en suma, el secreto:

Ahora ya sos —dice la carta, muchos…, y muchos años después— todo lo que no pudiste ser.

Comments

comments