Ahora que soy un practitonto…

Ahora que soy un practitonto…

Nadie puede negar que la época en la universidad cuando se parchaba con los compañeros en los huecos de las clases hablando ‘caca’ o cuando se asistía sin falta a las farras, son momentos que marcan al estudiante —además por supuesto de las horas de estudio— a lo largo de su vida universitaria. Dentro de ese contexto, hay que dar paso a las famosas prácticas laborales, un requisito ineludible del cual nadie se escapa, si lo que pretende es graduarse.

scan10017El caso de un amigo de mi amigo

Entre rebusque y rebusque, al fin llegó la famosa práctica. Por fortuna, la universidad se encargó de gestionar  el camellito,  porque no hay nada más engorroso que buscar trabajo en este país, algo similar al trámite de una visa laboral pero en otra nación.

Todo estaba listo para comenzar. Esa mañana me levanté ansiosamente, me puse la mejor pinta, mentalmente los nervios me atropellaban pero físicamente no había qué demostrarlo. Era hora de ir al primer día de trabajo. Una chorrera de ideas pasaban por mi cabeza.

Montarme al bus, ver personas con caras de seriedad, alegres o elevadas moviendo disimuladamente los labios como hablando con el de enfrente, es decir, ellos mismos reflejados en el vidrio de la ventana, algo que de repente me hizo entrar en caos por un momento. En ese instante comprendí inicialmente que no quería ropa formal por el resto de la vida, estar todo el día en la oficina, rendir cuentas a un x, responsabilidades que no se pueden negociar como con el profe porque o se hacía o se iba.  Igual no había más opción, sin práctica no había cartón y entonces nuevamente entendí que si lo hacía me lo merecía.

Llegué a la oficina con cara de “si, buenos días, para lo de la práctica”. Me presentaron a algunas personas que trabajaban allí. Comenzaron asignándome funciones sencillas porque como era practicante pues todo era muy básico, al comienzo me pusieron a hacer de todo, llevar y traer, sacar fotocopias, pero cuando conocí más a fondo mis funciones y tenía confianza estaba en potestad de decir, sáquelas usted.  Recuerdo mucho la intimidación que sentí cuando me bombardeaban a miradas la gente antigua de la oficina y pues sólo quedaba  sonreír, cabecear  como sinónimo de saludo y hacerme el nuevón.

La hora de almorzar también se convirtió en un tormento, estaba solo y me daba pena preguntar. Salí solo para buscar corrientazo y ¡oh sorpresa!, más de uno de la oficina estaba en aquel lugar. Normalmente el primer conocido es el que uno tiene al lado del puesto de trabajo,  le preguntaba de todo así el pingo no supiera nada.

Las cagadas que se cometen por falta de experiencia son únicas, las llegadas tardes, los roces con el que le cayó mal y se lo lleva entre ojos.  Se aprende a hacer de todo así no esté en el contrato, aplicamos conocimientos y damos rumbo a nuestra carrera, un sinnúmero de experiencias y  producto de la práctica aparecen aveces los amigos de la vida. Pero lo mejor de todo es el día del primer pago, esa sensación es única, se piensa que se tiene mucho y a la final no es mayor cosa.

No existe duda que las prácticas son una escuela gústele a quien le guste. Un pasaporte del futuro necesario para abordar la vida “real” que periódicamente y con el tiempo se convertirá en nuestro ID y será  sellado a medida que emigramos de camello en camello.

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