¡A mí me suena a salsa, a usted a motel!

¡A mí me suena a salsa, a usted a motel!

a mí me suena a salsa

Del Hard Rock  a “Caricias Prohibidas”


Dicen que la música le habla a algo que va mucho más allá del entendimiento lógico. Es por eso que ciertos sonidos y timbres nos remiten a una infancia feliz y otras fórmulas sonoras nos llenan de angustia o tristeza.

Es parte de esa misma dinámica la que nos recuerda que un saxofón interpretando una balada suave suele ser asociado con el romance idealizado. Ya saben: siempre suenan como si los hubieran grabado en los ochentas, tienen reverberación, tempo lento y suelen ir acompañados de imágenes mentales de sábanas de seda, noche, rosas, vino y velas.

Las imágenes descritas en el párrafo anterior no son un producto fortuito de la imaginación; son asociaciones que han sido reforzadas por años de consumo audiovisual. En los setentas, en plena revolución sexual, el funk fue el sonido de los frutos del amor libre. Guitarras, bajos y baterías que ahora suenan como un cliché nostálgico, fueron en su momento sinónimo de parejas sudorosas, camas, afros y parafernalia de la época.

En los noventas el hip-hop fue el género que cambió muchas reglas del juego: Ya no habían metáforas sonoras para hacer asociaciones de doble sentido. Las letras eran en algunos momentos explícitas y la exploración rítmica llevó definir un sonido crudo y a la vez sensual que desde entonces sólo ha mutado, pero que conserva ciertos elementos esenciales.

“Entre gustos no hay disgustos”, dicen por ahí. Cada década tiene su banda sonora para esos momentos íntimos. Seguramente algunas personas habrán perdido su virginidad acompañadas de una canción de salsa “de alcoba”, otras con un reggae suave, otras con la voz de algún cantante de baladas pop y otras al ritmo de algún éxito de hard rock. El caso es que al final, lo que importa es la asociación.

La próxima vez que vea a algún tío sonriendo cuando suene “Aquel viejo motel”, o a alguna tía suspirando porque sonó “Caricias Prohibidas”, dele espacio a la duda. Probablemente no sea simple gusto por la canción lo que los hacer reaccionar así. Así que les hago una invitación a que no sean tan inocentes a la hora de juzgar algunas canciones; aunque ahora hay letras que describen casi gráficamente la acción, el gusto sigue estando en esas perlas escondidas que cobran valor en la complicidad de dos personas que vivieron algo que sólo ellos y la canción saben.

Aunque parezca inconcebible, en algún lugar hay una pareja que sonríe y recuerda algún placentero capítulo cada vez que escucha una carranga, el tercer movimiento de la sonata “Claro De Luna” o la canción de Padres e Hijos. El mensaje más explicito de la canción está precisamente en esa parte que va más allá de la lógica cotidiana. No sea “bienpensado”.

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