¿A pie? ¡De una!

¿A pie? ¡De una!

depie– ¡Qué ‘machera’ salir en el carro! La música que querés, la velocidad que se te da la gana, la ruta que se te antoja, la comodidad… en fin. La ciudad la tengo solamente para mí y mis cientos de miles de iguales que se pelean el espacio público. La calle, la autopista, mi carril, mi vía.

– ¡Qué va! Si no son tantos, son más esos que van a pie. Esos personajes sí que la tienen grave, haciéndole el quite a carros que van cual alma que lleva el diablo; esquivando a los dueños del andén, que demarcan su propiedad colocando el vehículo motorizado en su terruño; haciendo miles de maromas para poder transitar en paz.
– Pero con qué derecho se van a quejar, si la ciudad está hecha para el carro. 5000 años de historia urbana no son nada. ¿Que antes las vías en las ciudades eran peatonales? ¡Están locos!
Pues sí, estamos locos. Hace nada que las ciudades eran hechas para la gente y de repente aparecieron los carros y convirtieron el entorno humano por excelencia –la urbe- en un lugar peligroso. En el último siglo no hemos hecho más que construir ciudades para los carros y nada para nosotros. El modelo de ciudad actual es obsoleto, no sirve. Hay que proponer estructuras en donde importe más la distribución de calidad de vida que la distribución del ingreso (+ calidad de vida = + autoestima = + igualdad) y esto se logra mediante la puesta en práctica de las estrategias correctas.
En las ciudades tercermundistas, tan densamente pobladas, tan pobres, tan desiguales, la estrategia central está en proponer modelos cuya medida de éxito sea la felicidad de los ciudadanos y no la cantidad de infraestructura vial o la calidad del parque automotor porque esto, sencillamente, es alimentar la desigualdad. Si se logran implementar dichos modelos se fomentará el desarrollo de potencial humano y con esto la creatividad y, si se canalizan bien las cosas, se alcanzarían niveles de competitividad decentes.
Debemos aprovechar los contextos espaciales de nuestras urbes. En Colombia la gente puede salir a la calle en cualquier época del año sin miedo a quedar aplastados por una tormenta de nieve o achicharrarse con un verano infernal. Acá se puede disfrutar de árboles, atardeceres, brisa, aves, ríos… el problema es que el espacio público peatonal, como la plata para ampliarlo, escasea.
Si queremos una ciudad con calidad debemos invertir en grandes vías peatonales, en aceras amplias, en ciclorutas a lo largo de frentes de agua (ríos, lagos, humedales, etc.) para así poder tener ciudad para todos. Haciendo esta inversión se obtiene el beneficio clave para el desarrollo: compensar las desigualdades. El nivel de satisfacción que trae consigo la construcción de una vía peatonal o un parque no se compara con nada. Es simple: los seres humanos necesitamos estar con gente. Para ser felices necesitamos caminar. ¿Qué es lo ‘bacano’ de París o Londres o hasta la misma Bogotá? Su espacio público peatonal; les da carácter, las embellece.
El espacio público peatonal es una alternativa económicamente viable, humanamente necesaria, urbanísticamente agradable y de simple implementación frente a obras de infraestructura vial para los carros. El modelo de ciudad de las ciudades tercermundistas debe asumir de frente el aspecto de la relación eficiente y sostenible con el medio ambiente y siempre “con un pie en el presente y el otro 50 años en el futuro… Estos espacios, además de construir calidad de vida, serían hitos urbanos que fortalecerían la identidad y la autoestima1 . Vamos a caminar…
1Enrique Peñalosa: Ensayo “La ciudad y la igualdad”, 2003

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