Al interior del tubo verde

Al interior del tubo verde

Al interior del tubo verde

Después de estar sentado frente a mi ordenador por quizá 15 interminables minutos, tratando alcanzar esos pensamientos que secuestran las ideas necesarias para darle inicio a éste escrito, me di cuenta de que en mi mente aquellas palabras tras las que iba, ya se habían convertido en una serie de imágenes pixeladas, que cuadro a cuadro daban forma a un nivel onírico de naturaleza confusa y colorido de mi videojuego favorito: Los Mundos Perdidos de Mario; en donde las tortugas vuelan en reversa y una malteada de Amanita es suficiente para sentir que las nubes son motas de algodón que se estrellan en tu cara. Allí, en aquel lugar que yace en un universo paralelo a mi habitación (o más bien Plataforma de Acceso Psico-Dimensional), yacen también mis memorias, créditos inutilizados  y récords  de los que sólo Mario tiene consciencia, además de mi existencia espacio-temporal.

Y es que cuando mis manos se abrazan fuerte al control de mando de mi Nintendo, cualquiera que sea su referencia, cada parte que compone mi fisionomía es absorbida por un vórtex de energía que se genera en la mitad de la realidad, y que la mayoría de las veces conduce a un estado de no-mente. Ahora no sé en donde me encuentro; pero reconozco que cualquier camino que tome, me traerá a aquí y ahora. A Mario no parece importarle, ¿por qué a mí sí? Iniciando secuencia de fusión de materia-energía: Arriba, Abajo, Izquierda, Derecha, Select, Start, Y, X, B, A, R, L, Z. Fusión terminada.

Me siento un poco más bajito y rechoncho de lo normal. No recuerdo haber comprado unos overoles azules, ni un suéter rojo. No tengo nada en contra de los guantes, ni de las gorras, especialmente si son rojas. Pero creo que el candado me luce más que el bigote. Pienso en afeitármelo, pero no veo la tienda de la esquina. Mi reloj me recuerda regresivamente que cuento con 700 segundos para hacer no sé qué, al tiempo que se me acerca un champiñón parlanchín con cara de que tiene puesta toda su fe sobre mí. Promete conseguirme una chuchilla de afeitar con la condición de que rescate a su princesa, a lo cual accedo en vista de que no cuento con otra opción.

Para mi sorpresa, puedo lograr una versión más elevada de un salto triple olímpico; por algún motivo que aún no logro descifrar me siento feliz y grito. Voy recolectando moneditas de oro que jamás gastaré, y probando cuanto deleite fungal se atraviesa en mi camino. Me convenzo de que en vez de anhelar tenerlo todo en la vida, es mejor tenerla para disfrutar de todo, y que no es más rico el que tiene más, sino aquel que menos necesita. Wow! Debo dejar de tomar tanta malteada.

Goombas, Bullet Bills, Koopas y demás, se ven determinados a impedir mi progreso, inocentes de que su presencia es tan valorada como la enseñanza que deja cada obstáculo en la carrera. No hacen más que recordarme de qué estoy hecho. Siempre tengo la bandera que marca el final del nivel a la vista. Norte definido.

Decidido a cumplirle la promesa a aquel champiñón, tomo la ruta del tubo verde que promete llevarme a ese lugar donde necesito estar. 14 minutos, y aún no sé qué escribir.

 

Autor: David Montoya

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