Amores chiviados: Historia de un romance fallido

Amores chiviados: Historia de un romance fallido

amores chiviados“Vamos a mi apartamento”, me dijo. Me sorprendí porque no escucho mucho esa frase, especialmente cuando casi nunca salgo de mi casa. Era pasada la 1 am y dije, “¿será suerte?”. Acepté y lo siguiente fue tomar el taxi hacía allá con la intención de superar este fenómeno del niño.

Habíamos estado bailando desde que nos encontramos en la barra, mientras me acompañaba Mauro. Al principio no hubo besos. Pensé que era tímido pero sí un par de picos sin prolongarse, claro, mientras él los buscaba y yo los esquivaba. Me intimidaba a la vez que me encantaba. La coquetería era constante, pero a ratos sentía que era víctima de alguna broma televisiva. Bailamos y nos besamos lo suficiente para desaparecer las dudas.

Sentí que había algo tierno en su persona, y no podía dejar de mirarlo o abrazarlo. Mauro regresa a la barra y me dice que ya casi es hora de irnos, pero que no me deja salir hasta que tenga asegurado “severo bizcocho”. Cerré las piernas y la imaginación después de dicha declaración y retomé mi intención de conocerlo más porque “de pronto llegamos lejos”.

Amores

Fotografía: Luis Gaviria – Modelo: Salomé Fajardo

Decidí ir al baño y en mi camino de ida y vuelta pensaba en las múltiples cualidades que tenía a su favor: sexy, tierno, de apariencia noble y de carácter, estudiado y según el bulto del pantalón, bien dotado. —No lo vi, lo sentí—. Hasta llegué a imaginar el presentarlo a mis allegados y decir “es mi novio”. Sin embargo el paseo en el taxi fue diferente. Se distanció después de un par de caricias y me quedé esperando que lo retomara, sin éxito alguno. Imaginé que tendría novia, pero no. Al entrar me ofrece una copa de vino. Fue raro, pero no malo. Seguimos conversando y jugando sin besos al punto de sentir que era hora de partir. Una copa después se desenvolvió lo suficiente para conectar el Xbox y ver una película. ¡Aquí fue!

Acariciaba mis piernas al mismo tiempo que las felicitaba. Subía sus manos hasta mis rodillas pero nunca más arriba. Mi blusa seguía puesta y lo único que me quitó fue las medias. A mi cabeza llegaron miles de imágenes del cómo arrebatarle la ropa pero decidí ser sutil y dejárselo a él.

Pensé que recién había terminado una relación y le costaba entrar en otra. Incluso que padecía de impotencia. Por lo visto, no padecía del síndrome del pipí loco: retomar el poder de la soltería en su más alta erección con todo lo que se les atraviese. Y me arriesgué por lo lento y seguro.

Después de dos horas de Avengers y un masaje en mis pies, decidí que era momento de partir y agradecí a la vida de no gastar lo del taxi en condones mientas esperaba que no me fuera a pedir mi What’sApp. –Estaba ansiosa de prolongar mi soltería después de severo arrumaco–. Pedí un momento para tomar agua en el baño y noté los diferentes productos de belleza en su despensa. Me reí.

La atracción era mutua, pero su brújula no coincidía ciertamente con la mía. Entonces, entendí su amabilidad. Me explicó su bisexualidad de la misma manera en la que lees la publicidad en la calle, sin interés, mientras me daba su aprobación por mi manera de besar, a la vez que me rogaba a suspiros que por favor, le regalara el número de Mauro.

 

Autor: Lady Johana Ospina
Twitter: @LadyOspinaV

lady ospina

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