Aterrizó el avión

Aterrizó el avión

Aterrizó el avión

Aterrizó el avión

Aplausos, pandebono y lulada

 

Cuando uno migra, navega en el limbo y mientras permanece en este intermedio puede observar los espacios de manera alienada y curiosa, como el niño que aplasta su nariz contra el vidrio del avión. El escritor Checo, Milan Kundera afirma que “el que está en el extranjero vive en un espacio vacío en lo alto, encima de la tierra, sin la red protectora que le otorga su propio país”. Para Kundera, el extranjero se encuentra en un estado carente de significado, sin esa red que es el idioma natal, la familia y lo familiar. Estoy de acuerdo con que el extranjero permanece a unos pies de la tierra, pero considero que esta distancia que lo separa del suelo foráneo esta llena de significado y es esta la que permite crear arte.

Yo me he mudado varias veces en mi vida. Hasta hace poco viajaba en mi red protectora, con mi familia o por lo menos una parte de ella. Ahora migro sola. Y aunque rara vez he aterrizado complemente en un lugar, siento que eso ha permitido que contemple a cierta distancia la poesía del espacio, como turista gringo que le toma foto a la vendedora de chontaduro y al barrio descascarado. Siento también que esta distancia permite que no me vuelva inmune a los pequeños detalles que le otorgan personalidad a un lugar.

No estoy sugiriendo que el estado migratorio es un estado ideal ni mucho menos natural, pero sí un estado óptimo para reflexionar y afinar la susceptibilidad. Actualmente estudio en Boston, después de haber vivido en Cali y Manizales. Ya voy a cumplir un año en la ciudad y todavía la observo como la turista susceptible y enamoradiza. Aprovecho cualquier oportunidad para salir de la universidad, descubrir, asistir a eventos, estudiar en un espacio diferente, todavía saco la lengua cuando empieza a nevar, me cuesta procesar el hecho de ver a tanta gente leyendo en el tren y sonrío cuando veo parejas mixtas. Son pequeños detalles que sólo logro percibir porque como criatura migratoria no toco del todo el suelo de esta ciudad.

Es importante aprender a tomar esta distancia y a ver nuestra patria, nuestra ciudad, o vecindad de manera romántica. Pero cuando miramos algo que esta justo enfrente de nosotros, a menudo pierde su forma, se distorsiona y nos llega en fragmentos. Cuando regresé a Colombia en diciembre me sorprendí, porque las cosas que alguna vez fueron parte de mi cotidianidad me parecieron fascinantes: el aplauso seguido por la mentada de madre cuando aterrizó el avión, el combo de familiares y amigos que me recibieron en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón, el sabor del pandebono, la

lulada, y el calor humano tan sublime que emana el pueblo colombiano. Ahí supe que había tomado la distancia suficiente para digerir la poesía de mi patria.

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