¡BASTA YA!

¡BASTA YA!

 

 

(Reuters)

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Después de un largo letargo colectivo, Colombia decidió hacerle frente a una responsabilidad, a un imperativo moral tan esquivo y necesario como es la paz. Lo más difícil se inició con la voluntad política para cambiar un paradigma guerrerista y conflictivo, ese paso lo demostró el presidente Santos, y la decisión final sobre los acuerdos fruto de la negociación se la entregó – sin tener la obligación – al país, quizás no como un acto de bondad, mejor bajo la pretensión de legitimidad ante un proceso de tal envergadura como el de la negociación con las FARC, hecho que merecía un respaldo mayoritario y  no una decisión personal.

 

La paz no es un asunto menor, tampoco es el resultado de una desmovilización ni de una firma, bastante han boicoteado el proceso con afirmaciones como esas, y sin duda, la razón los acompaña, pero aunque la paz no se limita a la ausencia de las confrontaciones bélicas  tampoco se reduce a las dádivas disfrazadas de justicia social… la paz se construye desde los territorios, ese es el verdadero fin, lo que vivimos es sólo el inicio. Nuestro reto como colombianos es enorme, desarmar las estructuras violentas que permearon nuestro ADN,  darle una oportunidad a un escenario diferente, pensar un país en paz partiendo de una dolorosa experiencia de guerra ininterrumpida, no es nada fácil pero posible.

 

¡Nunca más! Fue el grito unánime que entregaron los centros de memoria histórica en Guatemala y Argentina, y nada más alejado de ser una coincidencia, sencillamente un suspiro de cansancio ante la ignominia de la irracionalidad humana que es la guerra. En Colombia, después de promulgada la ley de víctimas, se le dio la oportunidad a las mismas de relatar su verdad y nos dijeron ¡Basta ya! El centro de memoria histórica presentó un informe en que se permite confirmar que  entre 1958 y 2012 el conflicto armado interno ha ocasionado en Colombia la muerte de por lo menos 220.000 personas, cifra que no da cuenta del verdadero significado de la guerra. La verdad es que en este país se perdió la capacidad de asombro, y pueden existir alrededor de ocho millones de víctimas, más de seis millones de desplazados… pero los números y el papel lo aguantan todo.

 

Podríamos crear un discurso de llanto eterno pero es la hora de darle una oportunidad a la vida. Ante la inminencia de la firma del proceso de paz en Colombia, es momento para que los jóvenes asumamos la dirección de nuestro país, que no cometamos los mismos errores de una generación que se equivocó al dividirse en dos bandos, uno que intentó cambiarlo todo con el poder de las balas y otro que no permitió que se cambie absolutamente nada cerrando las puertas, resguardando en sus trincheras burocráticas su acomodada posición.

 

Es esta la oportunidad, la coyuntura de un proceso de paz que permita el desarme del grupo insurgente más grande que ha tenido Colombia es la razón perfecta para repensar nuestra sociedad y dictarnos nuevos valores en búsqueda del bien común. La decisión es ahora, el país que creemos en el presente será el hogar de nuestro mañana. La agenda nacional debe enfocarse a flagelos tan dañinos como la guerra, y para ello debemos ir soltando cargas, desarmemos a las FARC, y desarmemos nuestras almas. ¿Cómo sería una Colombia en paz?

Por:

Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa

luis gabriel

 

 

 

 

 

 

@lgrdelarosa