Bienvenidos al país de los “avispados”

Bienvenidos al país de los “avispados”

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Los colombianos somos los más inteligentes del mundo, esa es al parecer, la idea que nos hemos inventado y que nos hemos creído, a lo largo de nuestra historia reciente. Decimos que nos destacamos por la habilidad de ser recursivos y de salir avante de las situaciones más raras y locas que nos puedan suceder aquí en nuestra tierra o fuera de ella. No habremos sido los que inventaron la computadora o los que descubrieron cómo está compuesto el genoma humano; somos la nación que recarga las pilas descargadas en la nevera, que hace rendir el champú echándole agua, que combate el acné a punta de crema dental y que cree que el origen de las enfermedades proviene del “sereno”, un frío mortal que sólo ocurre en las noches.

Alfredo Carrillo

Sí, lo admitimos, amamos estas ocurrencias típicas de nuestra idiosincrasia, porque en serio, nos creemos muy inteligentes. Sin embargo, más allá de creatividad chibcha, y de chicanear que a donde llegamos imponemos la diferencia por tener en la sangre el ADN de la viveza criolla, está el hecho de que pensamos, por cultura, que “dar en la cabeza”, pasar por encima de los demás y no seguir las normas para darnos ventaja, es algo para sentirnos orgullosos.

Desde pequeños nos han educado para ser “avispados” y “abejas”, para así tomar ventaja ante cualquier situación que se nos presente. Nos han dicho que debemos irrespetar las filas para entrar al cine, que debemos quedarnos callados si la cajera del supermercado nos da más dinero en el cambio, que debemos hacernos pasar por víctimas y recibir ayuda cuando en realidad no la necesitamos, que “robar” cositas pequeñas no es un delito, que decir mentiras “piadosas” es supremamente necesario para sobrevivir, que elevar los precios a niveles absurdos  cuando vendemos un producto es “estrategia comercial”,  y que si nos dan el chance, nos tenemos que colar en cualquier evento para que podamos acceder a él sin tener que pagar la boleta. Como quien dice, “regalado hasta un puño”.

Es culpa de nosotros mismos que nos tengan fichados como delincuentes cuando pisamos tierras foráneas y que la corrupción sea el común denominador de todo ente u organismo que existe en el país. Por eso es que no confiamos ni en nuestra madre, porque sabemos que en cualquier descuido o “papayazo” que demos habrá alguien buscando la forma de tumbarnos. Pero lo peor no es eso: lo realmente triste es saber que celebramos ese tipo de comportamientos. Aplaudimos al “vivaracho” que no paga impuestos, al niño que hace matoneo porque “es que no se deja de nadie”, y al comerciante que vende cosas piratas o de contrabando. Ahí es cuando decimos “es que es mucho lo vivo” y pensamos que es algo digno de imitar. Grave error. En realidad esa “malicia indígena” es la que nos tiene tan jodidos y la que nos cierra las puertas en todo lado.

Ahora vemos en la televisión grandes apologías al delito, donde narcos y matones son retratados como héroes y a los que, para dar equilibrio en la historia, les va mal en el último capítulo.

Amigos, somos privilegiados en todo sentido, y a pesar de que nuestra educación dista mucho de ser la mejor, podemos convivir en paz y ser buenas personas, respetando, cumpliendo con nuestros deberes, denunciando y sobretodo no hacernos los de la vista gorda cuando se cometen injusticias.

Ojalá que la verdadera malicia indígena, esa que nos dice que debemos respetar a nuestros hermanos y a la pacha mama, sea la que rija nuestro comportamiento de ahora en adelante.

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