Cali era Cali, lo demás es loma

Cali era Cali, lo demás es loma

sanantonioLa llamaban “Caliwood”, porque el ambiente de cine se fundía en un espacio común a la actividad social. El cine y la sociedad se encontraban en un matrimonio que dejaba huella en todos sus barrios. Pero no sólo el cine florecía en esas épocas, sino también una gran cantidad de manifestaciones que transformaron a Cali en una de las ciudades más desarrolladas de Colombia.
Los cincuentas y sesentas fueron de gran importancia para el crecimiento de la ciudad. En estos años, el liderazgo de unos jóvenes la ayudó a elevar su nivel industrial, se levantó de las cenizas de una “inocente” bomba, el nivel intelectual llegó hasta los cielos con la consigna utópica de la revolución, y sus escenarios se llenaron de deportistas. En fin, toda una urbe llena de energía, en donde se sentía que crecía el ambiente intelectual liderado por una gran cantidad de visionarios.
Hoy uno puede imaginarse sus grandes momentos; ver a estos fantasmas caminando por La Tertulia; ver la Cali de esa época de la cual sólo quedan las esquirlas. Entonces me pregunto: ¿por qué cambió la ciudad? ¿Qué pasó con la sociedad que viajaba con los aires de progreso social y cultural?
Luego entran los setentas, decenio en que se hizo evidente un fenómeno que continúa siendo el principal factor de descomposición cultural de nuestra sociedad: el narcotráfico. Cali encontró en su desafortunado destino el “privilegio” de ser foco de distribución de drogas. La influencia de los norteamericanos que venían a hacer negocios -y a disfrutar de las drogas-, mostró un panorama que generaría riqueza a bajos costos y a corto plazo. Fue en ese momento cuando la virtud empresarial del caleño salió a flote, llevando consigo los lados oscuros de la facilidad. Para ese entonces fueron muchos los ciudadanos que se interesaron. Por un lado, la élite de la ciudad, aquellos que aún tienen sus apellidos limpios por poseer una acción en un club campestre; y otros, que marginados en sus barrios y conviviendo con el caño y el hambre, terminaron por convertirse en los capos de la droga.
El concepto de poder se convirtió en algo más importante que el desarrollo y fue entonces cuando la ciudad cambió lo más relevante: la identidad de cada ciudadano. Una identidad que habla de tropeles y ropa de marca, de rumbas extravagantes y del arma que hay que comprar. Y es que con el narcotráfico cambió hasta la forma de hacer violencia, rompiendo límites con actos como masacres, bombas, secuestros y otros sucesos que prefiero olvidar.
Para nadie es una mentira que cuando la sociedad varía sus formas de vida, la política también lo hace y entonces pierde su función general . Hoy, los desagravios de esa narcopolítica dan muestras de una ciudad sin espíritu de progreso, marcada por un populismo que promete pero no soluciona. Cali pasó de ser una cuna de empresarios e intelectuales preocupados por el desarrollo, a convertirse en un espacio donde sólo importa la rumba. Me atrevo a decir que terminó por convertirse en una discoteca.
Y es tan clara la transformación de la ciudad que ni la cultura trance quedó exenta de este flagelo. Esta música, concepto de libertad, amor y relajación en Europa, es acá sinónimo de narcotráfico. Irónico, aquí la bailan los productores y allá la bailan los consumidores. En los clubes electrónicos se ostentan los autos lujosos, las armas, las “pepas”, la champaña, las mujeres hechas de silicona y plástico que, como decía alguien, “las odio porque su pelo es casi tan artificial como sus pensamientos”. Lastimosamente, esta narco-cultura ha transformado las mentes de una gran cantidad de ciudadanos y ha llevado a que se aprecie más al personaje del carro lujoso y su forma de actuar, que a quienes se preocupan por el mejoramiento de la situación de la ciudad.
Por esto, es hoy cuando con inteligencia se debe luchar en contra de esta aceptación cultural del narcotráfico. Llegó la hora de que se entienda que la clase no la hace la plata. Llegó el momento de decirle “no más” a estos personajes; hombres y mujeres que no han entendido que “lo que por agua viene, por agua se va”. Llegó la hora de elevar nuestro nivel intelectual y cultural. Llegó la hora de que Cali sea Cali y lo demás sea loma.

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