Cali no es un pañuelo

Cali no es un pañuelo

CALI NO ES UN PAÑUELO

Vergüenza siento detrás de la concepción propia de esta afirmación por la negación de millones de habitantes que no comparten mis esferas sociales. Habitantes a los que semánticamente he negado demográficamente.

Hace poco, por motivos políticos, pude relacionarme en espacios a los que jamás hubiera accedido por iniciativa propia y me encontré con una persona que no sabía dónde quedaba mi barrio, ubicado al sur de la ciudad, y viceversa, también desconocía el suyo. Esta persona también me preguntó que cómo hacían las fiestas en mi cuadra, cuando hace mucho en estos bares sureños de estrato medio se perdió la costumbre de integrar al vecino y de armar la ‘furrusca’ en la calle. Sentí vergüenza por creer que mi lugar de residencia debía ser reconocido por todos porque lo consideraba  una ‘zona central’.

Cometí el error de pensar que Cali sólo se componía de algunas zonas, donde, como buena callejera, al salir me encontraba mucha gente conocida; o personas interconectadas entre sí como si fueran parte de un experimento de los seis grados de separación.

Ya no puedo decir que Cali es una ciudad pequeña donde salís y te encontrás a todo el mundo. Mentira de toda falsedad y pecado haberle dado la espalda a otros rostros y realidades. Caminar de la mano de la política por muchos barrios que desconocía incluso de nombre, además de enriquecer mi conocimiento y generarme nuevas inquietudes, me llevó a hacer un alto en el camino, a repensarme como ser humano y a generar una nueva relación con mi realidad física y socio cultural.

La sucursal del cielo es una amalgama de colores de piel, de identidades musicales, de sueños gigantes, de risas de esperanza, de amor hacia la providencia, de impulso y esfuerzo y de recompensa. No caigamos en la pobre creencia de que somos omnipresentes, de que conocemos nuestra urbe, de que nos movemos como pez en el agua cuando nos da miedo caminar por barrios de ladera, zonas deprimidas e incluso transitar en vehículo por el oriente.

El nuevo rostro que descubrí está lleno de dicotomías e ironías. Conocía la mirada del hambre y la necesidad, pero el tacto de la bondad y la humildad; la alegría, la sensatez y la verraquera son ingredientes diarios en una ciudad que ha olvidado gran parte de su población y que vende como destino turístico unos reducidos kilómetros a la redonda.

No voy a negar las dificultades de muchas zonas, pero esos barrios que hemos dejado por fuera del paquete turístico albergan hermosos seres humanos, almas sabrosas que como usted o como yo, sueñan y esperan un mejor futuro; se apegan a las oportunidades que les brinda su entorno y, en algunos casos y en las peores condiciones, ofrecen las dos mejillas magulladas para seguir soñando.

Abrazar mi ciudad implica trabajar por ella y en ella; una tarea difícil cuando desconocemos la mayor parte de su capital humano.

 

Escrito por Laura Ballesteros   @LauraMarcela_B

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