Cali reseteado

 

 

Debe ser porque ya casi ni me soporto a mí mismo pero, cuando voy a Cali, siento que esa no es mi ciudad. Sí, llevo más de 20 años por fuera de los muros que me vieron nacer, pero eso no debería ser motivo para castigar a un sitio con el látigo del desprecio.

Mi tío Alfredo Rey, quien también era caleño, me dice que lo bueno de Europa es que cuando uno se va y vuelve después de mucho tiempo, las cosas están allí donde uno las dejó. Eso no me pasa en Cali, salvo que todavía encuentro algunos amigos orgullosos de haberse quedado, demostrándome que no hay necesidad de salir de casa para ser universales. Como el escritor cubano Lezama Lima, quien, dicen, nunca salió de La Habana “y sabía de Ulises más que la misma Penélope”, según contaba Julio Cortázar.

Los caleños apasionados (yo también fui fundamentalista, por eso los invoco) se aferran a la ciudad como la única justificación que queda para mantenerse en el mundo. De alguna manera, los envidio. Pero yo ya no entiendo a Cali. Y lo digo, de verdad, con infinita tristeza. Cada vez que voy siento la inminencia de la muerte. Como los viejos vaqueros que regresan a su pueblo para morirse, o los cansados elefantes de la Escarpa Mutia en las películas de Tarzán. Y me resisto a pensar como Mick Jagger, quien decía de Dartford: “es el lugar perfecto para nacer y el lugar perfecto para no volver”. Les juro que no lo digo burlándome. Lo musito con miedo.

Trato de acomodarme a mis calles, pero esas calles ya no son, ni por asomo, las mías. Nací en la Clínica de Los Remedios del centro, y esa clínica ya no está. Mi infancia, mi adolescencia y buena parte de mi primera madurez (me fui de Cali cuando me acercaba a los treinta) los viví por la avenida segunda norte, en pleno corazón del barrio Centenario, en el triángulo compuesto entre mi casa, el Colegio Berchmans (que ya no existe y, para colmo de la envidia, ahora es mixto, en su nueva sede del sur) y “el Conservatorio”, o sea, la Escuela de Bellas Artes, donde estudié teatro y me contagié del virus de la estética, quizá para siempre.

La avenida segunda norte era una calle larga y solitaria, llena de árboles y de casas galantes, donde se jugaba fútbol con los ojos cerrados y se podía caminar sin prisa. Hoy, mi casa es un restaurante. En el segundo piso vivió y murió el gran fotógrafo Fernell Franco, a quien iba a visitar cada cierto tiempo y en su territorio no quedó ni media huella de la casa de mis recuerdos. Cuando fui creciendo mis fronteras se abrieron al Cine Club de Cali. Y, cómo no, al restaurante Los Turcos. Allí, no había que ponerse citas, porque uno se encontraba con quien quería. Allí hice mis amigos cinéfilos y mis amigos escritores. Allí descubrí placeres prohibidos y fui testigo del primer triunfo del América. Ahora todo está en ruinas. Pero son ruinas extrañas, como las de los estudios de cine o televisión. Las rutas son las mismas, pero los decorados no corresponden al recuerdo. Cambian las fachadas, las gentes. Y, por supuesto, la energía.

Es triste (e incluso peligroso) decirlo, pero Cali, el Cali que recuerdo, ya no existe. Cali es otra ciudad, con una Avenida Sexta inundada de rancheras y vallenatos, con una sobrepoblación apeñuscada en fachadas neutras, llena de carros y trancones, sin un mínimo espacio para caminar o para gozar de la sublime pereza que alborotaba la ciudad en otros tiempos.

A veces viajo con amigos que quieren conocer “la Cali de Andrés Caicedo”. Por supuesto que me desconcierta pasear por sitios que son lo contrario de lo que representaron para la literatura. Y el testigo final de las ruinas fue el documentalista Luis Ospina con sus inolvidables y terribles “Adiós a Cali” (1990) y “Cali: ayer, hoy y mañana” (1995). Creo que con estos trabajos se cerró una época y, la Cali que me pertenecía ahora es un sueño que ya no puede repetirse.

Por favor, os ruego que no me odiéis, oh, amados paisanos caleños. Pero a veces me despierto sin haber dormido. ¿Será mejor borrar lo vivido? ¿O será mejor borrar estas líneas?

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