Cali y sus plagas

Cali y sus plagas

Foto: José Giraldo - EL CLAVO

Foto: José Giraldo - EL CLAVO

Cuando tratan de entender las razones del rezago de Cali frente a ciudades como Medellín, Bucaramanga, Cartagena o Barranquilla, los analistas no encuentran factores sustanciales que expliquen el fenómeno. El caleño no es singularmente bruto, como pensaría un sociólogo simplista. O biosociólogo, es decir, facho. Que al caleño le guste la rumba y que las caleñas sean bellas y culiprontas no es deshonra (“si viene partido es para repartirlo”, como decía Platón). Lo cierto es que la agenda cultural de la ciudad, y la conciencia política del caleño promedio, no difieren mucho de las que vemos en las ciudades citadas.

En el presente, pues, no hay nada sustantivo que distinga a Cali de las grandes capitales de provincia. Pero en el pasado sí lo hay: Cali tuvo la mafia más glamorosa de la historia del país. Mientras que en Cundinamarca mandaba un sujeto tan sórdido como Gonzalo Rodríguez Gacha, y en Antioquia Pablo Escobar, no menos oscuro que el capo del altiplano, en el Valle imperaban unos señores muy distinguidos. Mientras los de Bogotá ponían bombas, los de Cali ponían bancos y droguerías. Mientras el Cartel de Medellín ofrecía un millón de pesos por cada policía muerto, el Cartel de Cali llenaba de dólares los bolsillos de los oficiales del Ejército y la Policía. Mientras Gonzalo Rodríguez hacía sus bacanales en Pacho, Cundinamarca, los hermanos Rodríguez organizaban ágapes en el Hotel Intercontinental. Mientras la esposa de Pablo Escobar era una señora gris de apellido Henao, Miguel Rodríguez dormía con una Señorita Colombia. Mientras a Gonzalo Rodríguez le decían “El Mexicano”, a Gilberto Rodríguez le decían “El Ajedrecista”.

El mensaje, nada subliminal por cierto, que se le estaba trasmitiendo a la juventud caleña era que el crimen no sólo pagaba muy bien sino que daba prestigio. Salvo contadas excepciones (Club Colombia, Deportivo Cali) la sociedad vallecaucana se despernancó ante estos pujantes exportadores. Ese cuadro –capos exitosos y bien recibidos por nobles y plebeyos, recibiendo venias de floristas y decoradores, de senadores y manzanillos, de reinas y diseñadores, de futbolistas y joyeros, de abogados y constructores, de comunistas y neoliberales, de músicos y poetas– fue un ejemplo fatal para los jóvenes. Y para los mayorcitos. Tres de los líderes más importantes de los años 90 en el Valle del Cauca, Manuel Francisco Becerra, Mauricio Guzmán y Gustavo Álvarez, resultaron implicados, y finalmente “fundidos”, en casos de enriquecimiento ilícito. (En honor a la verdad, hay que señalar que la debacle de “Napoleón” Álvarez es un caso de egolatría antes que de justicia penal). En el presente decenio, un alcalde y un gobernador, Apolinar Salcedo y Juan Carlos Abadía, han sido destituidos de sus cargos por la Procuraduría General de la Nación. Salcedo por irregularidades en la contratación, y Abadía por participación en política.

Creo que ese hecho accidental, el tener una mafia industriosa, glamorosa y menos sanguinaria que las mafias de otras regiones, explica por qué la sociedad caleña Cali fue permeada más profundamente que ninguna otra. Y el terreno quedó abonado para que aquí floreciera exuberante la Gran Plaga, la narco-para-política, esa troika maligna que tiene cooptada la ciudad, el Departamento del Valle, el Congreso y el país entero, y cuyos jefes despachan, dicen, en la Casa de Nariño.

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