Camilo José Cela, “sapo” inmortal

Camilo José Cela, “sapo” inmortal

En 1953 Marcos Pérez, dictador de Venezuela, le encargó a Ernest Hemingway la redacción de una novela nacional, una obra que eclipsara a Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, líder de la resistencia civil a la dictadura, pero a Hemingway lo asqueó la propuesta y le mandó a decir al dictador que se metiera “sus petrodólares por el culo” (sic). Entonces Pérez habló con Camilo José Cela, que tenía algún talento, rodillas dóciles a la genuflexión, lengua de sapo, 35 años de edad y andaba de gira por Latinoamérica en calidad de embajador cultural de “la cruzada por la hispanidad” de otro chafarote, Francisco Franco, el dictador español. La cruzada era una maniobra publicitaria que buscaba maquillar la imagen internacional de su siniestro régimen. Cela no lo pensó dos veces, aceptó el encargo de Marcos Pérez, alquiló su pluma y escribió La catira, la precursora de los culebrones en la meca del género. (“Catira” significa mujer blanca y de ojos claros). La novela fue un fiasco literario y político pero Cela se embolsilló 30 mil dólares de la época.

No es esta la única infamia en la biografía de Cela. Son muchas. Repasemos unas pocas para no tirar demasiado papel en este engendroide. Cuando le preguntaron su opinión sobre la obra de Garcia Lorca, el protomacho Cela respondió: “Yo no leo maricas”. En un artículo titulado Pedo, culo, caca, y pis Antonio Caballero cuenta que Cela fue sapo desde chiquito. A los 21 años ya era soplón de la policía franquista y le pasaba listas de intelectuales sospechosos, es decir, izquierdistas. Entre los 25 y lo 30, fue censor oficial de Franco. Su oficio era leer los diarios, subrayar los pasajes contrarios al régimen, recortar los artículos y remitirlos a una oficina de inteligencia policial, donde otro gramático del régimen decidía si era necesario cerrar el diario o si bastaba patearle las pelotas al autor de la nota. Este prontuario lo cuenta Caballero en Paisaje con figuras, uno de los mejores libros de arte y crítica literaria escritos en el siglo XX.

Usted puede pensar que estos son pecadillos de juventud, querido lector; pero debo decirle que siendo ya un señor calvo y ventripotente, Cela saqueó la obra de una maestra de escuela para escribir La cruz de san Andrés. La maestra lo denunció, un comité de expertos en literatura estudió el caso y llegó a la conclusión de que Cela había copiado “el tema, el argumento, los personajes, el tiempo, las circunstancias y hasta frases textuales” de la novela de la maestra. El dictamen fue avalado con una lista de cuarenta y siete “coincidencias” entre los dos libros, y el ya flamante Premio Nobel fue condenado a pagarle 47 millones de pesetas a la maestra.

Con todo, hay que reconocer que copiar no es un gran delito. El plagio se justifica cuando involucra el asesinato, decía Gide, es decir, cuando el ladrón supera lo robado. Todos los escritores roban pero lo hacen con medida, una o dos cosillas, no cuarenta y siete, y siempre escogen sus víctimas entre los grandes (Shakespeare, Dante, Balzac, García Márquez), nunca entre los maestros de escuela.

Conclusión: Una persona puede escribir bien a pesar de ser alcohólica como Edgar Allan Poe, homosexual como Barba Jacob, ladrón como François Villon, cortesano como Voltaire, cojo como Lord Byron e incluso manco como Cervantes, pero no puede ser escatológico, soplón y plagiario al tiempo, como Camilo José Cela. Un escritor puede carecer de todo, excepto de carácter.

Post scriptum: fiel a mi método de escribir primero e investigar después, cogí anoche un libro de Cela, de quien no había leído nada. En la página 24 de La colmena descubrí alarmado que me estaba gustando y lo arrojé por la ventana porque ¿qué tal que me vaya uno y se envicie a leer a ese gilipollas? ¡Dios me libre!

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