Charla de gatos

Charla de gatos

charla_gatos¿Alguno de ustedes ha escuchado una charla de gatos? Yo no. He oído gatos, claro. Maúllan y ronronean cuando hay alguien cerca. Entre ellos, nada de nada. Pelean y escupen, pero charla, lo que se llama charla, no. En cambio he visto muchas charlas de gatos. Si es un par de ellos, se agazapan uno frente al otro, los ojos bien abiertos, las colas moviéndose con aparente descuido.

No prestar atención a las señales del cuerpo implica que a veces, tal vez muchas, somos manipulados sin darnos cuenta por personas que sí saben leerlas y usarlas a su favor.
Brusco cambio de sujetos. ¿Alguno de ustedes ha escuchado una charla de humanos? Yo sí. En muchos casos tienden a ser repetitivas y sosas. Cualquiera que se siente en un centro comercial puede dar testimonio. De vez en cuando, una perla. Buen tema y buena compañía en el sitio menos pensado. Ahora la pregunta importante: ¿han visto una charla de humanos?Para nada repetitivas o sosas, sin importar el contenido verbal de ellas. Los ojos suben y bajan, las manos aletean y se cierran, las piernas se cruzan o se abren en franca bienvenida. No es nada nuevo lo que les digo, es solo que tiende a olvidarse la importancia del lenguaje no verbal. He visto casos en que una persona habla con delicadeza y calma, para encontrarse en medio de una discusión de los mil demonios. He visto otros donde el conocido látigo de la indiferencia fue cambiado por el solo hecho de entornar los ojos más de lo debido. Resultado: al menos una noche entretenida, quién sabe si más.

Volviendo a los gatos, determinados movimientos de la cola indican determinados estados de ánimo. Los otros gatos lo saben. La mayoría de los seres humanos no. Siguiendo con los casos, he visto cómo un pobre gato fustigado que ha avisado por todos los medios a su alcance que no le gusta algo, se defiende y es tachado de peligroso. Resultado que se repite entre seres humanos: horrible.

No prestar atención a las señales del cuerpo es peligroso desde dos perspectivas diferentes. Por un lado, impide una mejor comunicación porque los interlocutores se limitan a oír lo que su contrincante les dice. Y digo contrincante porque en eso se convierten la mayoría de las personas que participan en una conversación, generalmente porque no prestan atención a los demás y a sus propias señales. La comunicación sería más fecunda si además de usar los oídos usáramos los ojos, el olfato, el gusto y el tacto. Pienso que nos estamos perdiendo de al menos el sesenta por ciento de nuestras conversaciones por no usar el cuerpo adecuadamente en ellas. Advierto, antes que hagan cálculos, que la estadística es personal y refleja mi opinión al respecto.

Por otro lado, no prestar atención a las señales del cuerpo implica que a veces, tal vez muchas, somos manipulados sin darnos cuenta por personas que sí saben leerlas y usarlas a su favor. Cuántas veces no nos hemos visto prácticamente obligados a comprar algo que en realidad no queríamos. Un buen vendedor sabe lo que hace—lo que no implica que sea conciente de ello. La lista continúa y se hace cada vez más grave, desde la publicidad engañosa hasta los chantajes emocionales.

No estoy diciendo que la falta de atención hacia el cuerpo sea la causa de todo esto. Lo que digo es que es una parte importante. La causa final es la ignorancia. Del propio cuerpo, de la propia mente, del propio entorno. La ignorancia es la verdadera enemiga y en este sentido la ignorancia del cuerpo es una de las mayores que tenemos todos en estos días. Sin importar cuánto vayamos al gimnasio o cuán locuaces seamos, no sabemos nada sobre nuestro cuerpo.

A muchos no les gustan los gatos. A mí sí. Me encanta verlos charlar sabiendo que se dicen todo lo que tienen que decirse y que se entienden tan bien como necesitan entenderse. Como siempre, podemos aprender mucho observando. No sólo a los gatos claro, también unos a otros.

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