Claudia Gurisatti, ¿genio o lora parlanchina?

Claudia Gurisatti, ¿genio o lora parlanchina?

Es una flaca alta de ojos grises y frenéticos. Viéndola hablar, moverse, gesticular, fumar, toser, reír, pararse, sentarse, calcular, programar, pienso que aprobaría sin esfuerzo el casting para un papel de loca. O de genio.
Yo la conocí cuando estaba preparándose para asumir la dirección de la FM de RCN, enfrentada nada menos que a la W de Julio Sánchez Cristo. Andaba más acelerada que de costumbre. Me contó que quería hacer periodismo investigativo. Es casi una contradicción en los términos: el periodismo es ‘chiva’, velocidad, inmediatez, frivolidad. La investigación es paciencia, pesquisa, reflexión. También quería meterle a la FM un espacio de crónica. (La afición por la crónica es el guiño con que se reconocen entre sí los verdaderos ‘chicludos’ del periodismo). Y dar más contexto para que la noticia, además de informar, enseñe.

En ese tiempo descansó de las cámaras y volvió a vestir como le gusta, informal, y a recogerse el pelo con un gancho veloz. Generalmente no se maquilla, en parte porque se tiene confianza y en parte porque es el antónimo de la mujer ‘plástica’. El éxito no ha logrado cambiarla esencialmente. En el fondo sigue siendo la bugueña de yines y mochila roja que se “patoneó” todo Bogotá “cargando ladrillo”, antes de convertirse en la jovencita que en La Noche encuellaba a ministros, generales y paramilitares, y les respiraba en la nuca, contrapreguntando siempre sobre la ‘llaga’, sin que nadie pudiera entender cómo hacía para estar tan informada y de dónde sacaba tanto coraje.

No es mujer culta. Está más informada que el promedio de las personas de su edad, claro, pero lo de ella tiene más que ver con la inteligencia que con la información. A partir de un perfil y del puñado de datos que le suministren sus asistentes, Claudia Gurisatti puede armar en segundos una estrategia informativa eficaz.
Ha tenido buenos maestros, por supuesto. Antonio Morales, Yamid Amat, Julio Sánchez Cristo. Pero aún así, resulta admirable que alguien tan joven haya logrado alcanzar el más alto rating de un programa de opinión en la historia de la televisión colombiana.

Salvo algunas voces aisladas, como la de Fernando Garavito, que la considera “una lora parlanchina y estentórea”, el gremio la respeta y la valora como lo que es: un conjunto prodigioso de talento, carisma, ‘pantalones’ y sentido periodístico. Un animal eléctrico. Mediático. Un nervio informático. Un pulso hertziano. Un fotón dorado. Da la impresión de estar hecha de receptores que lo escuchan todo, que lo ven todo, que todo lo huelen, que todo lo palpan para luego procesar en segundos ese alud de percepciones y emitir la conclusión en un mensaje limpio de ‘ruidos’, sesgos y redundancias.

De los periodistas colombianos le gustan Pirri, porque ha remozado el lenguaje de la crónica en televisión; Antonio Caballero, por su ironía inteligente, y su ‘ex’, Antonio Morales, por su sensibilidad en el manejo de la información.
Sus gustos son desconcertantes: no le teme a los aviones pero la angustian los ascensores (“debo tener un ‘corto’ en la cabeza… algún problemita atravesado por ahí”); le gustan el cigarrillo, el licor y el atletismo; le gustan las fragancias de Armani y los olores naturales, los noticieros y la tv educativa, la comida italiana y la valluna, trabajar y hacer ‘locha’, y confiesa que si no hubiera sido periodista le hubiera gustado ser astronauta o historiadora.

Al recordar su exilio en New York (la iban a matar por haber entrevistado a Carlos Castaño) la ‘Guri’ bajó la voz, habló pausadamente por primera vez en su vida y tartamudeó. Quizá otra vez la asaltaban los fantasmas. No sé cuales, si los que la mandaron al exilio o los otros, los de los ascensores. Recuerdo una afirmación de Gabo: “En últimas todos estamos solos, y todos, absolutamente todos, tenemos miedos”. Sí, hasta una mujer tan corajuda como Claudia Gurisatti debe tener miedos. Y más ahora, que es mamá.

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