Colombia: una nación en el mal necesario

Colombia: una nación en el mal necesario

Juan LorzaEn el desarrollo de la historia colombiana nos han encantado las soluciones fáciles, las respuestas simples, los desafíos prematuros, las miradas prepotentes y, en muchos casos, ignorantes. Todo esto sin tener en cuenta que nuestra fragmentada diversidad geográfica y cultural nada tiene de rápida ni de simple. Este país, uno de los más ricos del mundo en biodiversidad y fuentes hídricas, es por defecto un país complejo: Colombia es muchos países en uno.

Esta mirada facilista nos ha llevado a cometer decenas de errores en la manera de pensar el país, por lo cual hemos caído en una horrible pero muy humana tentación: creer ciegamente en los males necesarios.

A principios del siglo XX se fortalecía una revolución desde el Estado que buscaba formas de incluir a los sectores populares en la participación política ( La Revolución en Marcha). Sin embargo, un grupo de políticos creyó que estos sectores no estaban preparados ni tenían el derecho de ejercer esta participación, frenando un importante avance en la conexión entre los centros de poder (concentrados en las zonas urbanas) y la periferia (las zonas rurales). Esto agudizó los conflictos de clase y con los años generó una lucha entre camisetas azules y rojas: La Violencia.

Años después del desangre, los políticos desde sus oficinas buscaron una solución: un Frente Nacional en el que los dos partidos se alternaran el poder. Este mal necesario dejó por fuera a otros tipos de participación que surgían de las necesidades sociales, lo que radicalizó a grupos campesinos que terminaron derivando en ejércitos armados, uno de ellos las Farc.

Con el tiempo las guerrillas fueron aumentando su fuerza pero su poca visión política y su amor por lo militar — que no niega un proyecto político — les ayudó a fortalecerse pero no consiguieron una aceptación de la sociedad (a excepción del M19, con un índice de popularidad del 15% en su momento). Las guerrillas, ese otro mal necesario, se fueron convirtiendo en una plaga que desangra los campos, crea el caos en las ciudades, y utiliza un recurso imperdonable: el secuestro.

Con el tiempo, las zonas altas de la Costa Caribe se inundaron de marihuana; tanto extranjeros como empresarios nacionales y rebuscadores se metieron al negocio. El Gobierno decidió fumigar, la marihuana migró al Cauca, pero el negocio ya era otro. La coca elevó las arcas de gente de todo tipo de calañas. Nace una nueva clase social: los narcos.

Preocupados por el ataque a sus propiedades por parte de las guerrillas, los narcos, ganaderos, campesinos, transportadores, políticos, empresas nacionales y multinacionales generan ejércitos que las protegen. Esto da fuerza a un proyecto que en silencio buscaba eliminar a la insurgencia sin atacar al Estado. Pero esos grupitos entendieron que el objetivo no era sólo acabar con las guerrillas, sino que con el poder armado podían incursionar en todo: apuestas, salud, coca, esmeraldas, oro, petróleo, carbón, tierras, DAS, Fiscalía, todo. Para esto utilizaron todos los métodos ya antes empleados: secuestros, masacres, amenazas, torturas, besos, abrazos, pactos, firmas, bailes, juegos y paz.

Y con “la paz” ha llegado una ola de verdades a medias donde se demuestra hasta dónde hemos sido cómplices de la barbarie, para entonces caer en el peor de los males: esconder la verdad. El país parece preferir que nada se sepa: lo mejor será que no se salpique la cordura y la bondad del gran Presidente, para qué recordar que las madres del Putumayo lloran a sus hijos, que los niños del Pacífico lloran a sus padres, para qué recordar las tierras expropiadas y las personas en situación de desplazamiento, para qué recordar a los cómplices, para qué recordar que quienes los denunciaron fueron asesinados, para qué recordar que parte del uribismo tiene sus votos gracias a la coacción armada, para qué si es mejor seguir así por el bien de la Patria (o por el mal, nunca se sabe).

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