#Columna: Con la guardia alta

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Con la guardia alta

El solo hecho de pensar en ellos, genera suspicacias. He visto que ante la llegada de policías a un lugar cercano –digamos la esquina de la casa–, las personas suelen dejar sus asuntos del día para luego, pues asumir su papel de espectador, es una responsabilidad mayor.

Esa noche, por lo menos, no hubo excepción: cuando más de cinco policías parquearon sus motos a lado y lado de la calle, y empezaron a preguntarse cosas como si rezaran. Muchos negocios se detuvieron por un instante, las cortinas se corrieron a un extremo de la ventana, un motorista mal acompañado, dio vuelta como si no fuera cosa suya. Algunos incluso habrán llegado a creer que alguien murió.

En esos momentos, es fácil ceder ante la tentación, imaginar que tras esa muestra de autoridad tan temeraria, se esconde una tragedia del tamaño del mundo, que hasta entonces, se ignoraba. Que la tragedia –representada por cualquier circunstancia inesperada– no se esconde, sino que acaba de presentarse ante sus ojos. O que, para lástima de todos los presentes, la tragedia no tiene ningún sentido ahí.

¿Desde cuándo un policía dejó de ser garantía de bienestar?

Supongo que en nuestra niñez –a modo de salvoconducto para estas palabras– la llegada de estas personas nos hacía levantar la mirada del suelo, olvidarnos de los juegos por unos instantes, y asistir con solemnidad ante su presencia. Los veíamos –quisiera recordar– como los seres que nos resguardaban del peligro, esos a quienes nada les pasaba nunca y podían entrar en cualquier lugar y agarrar al ladrón con su botín. Muchos soñábamos con ser como ellos.

Ahora, sin embargo, todo es tan distinto. La ingenuidad de esos primeros años asumió, luego de que viéramos en la televisión las pruebas irrefutables de muchos de sus excesos con la gente del común, la forma de un morbo a secas, al que solo le queda regocijarse ante la soberbia con la que son recibidos. La burla disimulada ante su tardanza, el irrespeto que tienen que soportar. No pensamos en ellos –en muchos de ellos, valga aclarar– con orgullo de patria, ya que apenas los vemos, nos asaltan los recuerdos agrios de las veces en que les pedimos ayuda para acabar con un conflicto, esperando así escapar a la invitación de la violencia como única salida, y terminamos por entender que nuestros dramas, habían sido subestimados luego de que los minutos de espera, se convirtieron en horas de aceptar que ya no llegarían.

Con frecuencia nos da igual entender las motivaciones de su trabajo: nos entregamos a la premura y sus razones son casi siempre insuficientes.

Los prejuicios son, entre otras cosas, la justificación que preferimos ante la verdad, la generalización del mundo en un momento en que incluso el color blanco, exige el derecho a tener matices. Acepto, no sin cierta vergüenza, que es eso lo que ha motivado esta columna. Pero nadie podrá negar que esa forma anticipada del entendimiento, tiene motivos de peso en la historia diaria de este país. Y que, si bien puede no ser justo, es de esperarse que frente a esos escenarios, las personas suelan responder –al menos en sus cabezas, como antesala a lo que vendrá– con la guardia alta.

 

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