#COLUMNA: LA FALSA ADULTEZ

#COLUMNA: LA FALSA ADULTEZ

LA FALSA ADULTEZ

 

A menudo sentimos que con llegar a los 20 ya se nos impone una madurez que muchos aún no queremos asumir.  Atravesar por la postadolescencia no es  tan fácil como pareciera y los mismos  psicólogos lo dicen, entre los 18 y 25 años estamos en la edad propicia para vivir una falsa adultez o como yo suelo decir “intentar ser un adulto responsable”.

Las ganas de experimentar de pies a  cabeza y la poca madurez que en ese entonces tenemos hacen que asumir una independencia económica, emprender y culminar estudios e incluso intentar establecer relaciones amorosas se complique.

Empecemos por la leve presión que se siente al  momento de elegir una “buena” profesión, nos han dicho que  debe ser  buena en cuestiones de remuneración económica y ofertas laborales porque es lo que haremos y seremos el resto de nuestras vidas.

Ingresar a la universidad es uno de los caminos para entrar a la tan dichosa falsa adultez. Son cinco años promedio donde aprendemos de manejo financiero, labores domésticas y  hasta cocinar, nos volvemos expertos en sándwich y arroz con huevo, somos ingeniosos creando técnicas para ahorrar, conocemos de pies a cabeza el valor de las cervezas  y el menú callejero que nos oferta el barrio.

La vida misma nos enseña que si queremos una cosa no nos podemos exceder en otras, y desde la óptica de un universitario es más o menos así: “Si yo quiero salir el fin de semana a tomarme unas cervecitas no puedo comer está semana en la calle” Decisiones sabias que nos hacen ser pequeños adultos, incluso algunos más osados alternan estudios con trabajo y eso le suma un peso más a este proceso de entender una joven adultez.

Culminar gratamente la universidad indica que vamos bien y seguimos avanzando  exitosamente en este proceso de aprendizaje en la vida. Fueron cinco años llenos de retos donde afrontamos decisiones como seguir o no estudiando dicha profesión.

Al salir de la universidad nos encontramos con una sociedad completamente diferente, las responsabilidades son mucho más grandes y vivenciamos cosas que nunca nos enseñaron en la academia.

Entramos en el mundo de la independencia económica y social, a movernos en el ámbito laboral y a afrontar los compromisos que esto conlleva.

Buscar la ciudad, un apartamento o sitio donde vivir, mejor dicho ¡donde poner el huevo! se torna tedioso, los ingresos no son suficientes para los gastos promedios de un joven adulto de 20/25 años estamos pensando en guardar dinero para las cervezas, ir de paseo, para la blusita, para los tennis o para nuestros gustos culposos, incluso aun así pensamos en ahorrar un pequeño porcentaje de los ingresos.

Los miércoles es promoción de verduras, en el D1 es más barato, no me alcanzo el dinero para los servicios, necesito un roomie porque solo me queda duro, extraño la comida de mamá;  son las frases y parte de los temas de conversación con amigos.

Justo en esos momentos sentimos que aún estamos muy “pequeños” para asumir tantas cosas. No solo la independencia se vuelve agobiante por momentos sino  la soledad que suele acompañarla y sumado el peso de las responsabilidades laborales nos hacen querer salir corriendo en ocasiones a los brazos de papá y estar en el hotel mamá.

Queremos vivir sin ataduras y sin tanta presión social, asumimos las responsabilidades y compromisos que dicha adultez nos trae, pero seguimos siendo jóvenes y estamos pensando en experimentar, en errar y aprender.

Añoramos las  noches de copas con amigos y anhelamos esos dichosos reencuentros, extrañamos el almuerzo calientico servido  por mamá y las palabras de papá, se nos arruga el corazón cuando anuncian la segunda parte de alguna película de nuestra infancia y después de las largas jornadas laborales solo queremos que nos consientan. Tenemos noches, incluso días enteros en los que solo queremos estar en casa y seguir siendo los niños de papá y mamá.

Que nos queda por decir, ¡Bienvenidos los 20! una segunda infancia llena de retos y responsabilidades.

 

 

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