Con nombre propio

Con nombre propio

Foto: Beatrice Aguirre - EL CLAVO

Lengua, mamita, vea lo que le guardo sabrosura tetona miamor soy padre de dos niñas, casado hace 10 años y mi nombre completo es Juan Carlos Ortiz”. Imposible, ¿cierto? Una cosa de éstas no se oirá jamás por una sola razón: la vulgaridad no tiene nombre porque es cobarde.

En Colombia, se dice que la gente no firma sus opiniones con nombre propio por miedo a que los maten. Y esto es cierto… en contadas ocasiones. El resto de piropos vulgares, blogs gritones, comentarios fáciles a artículos de Internet, ‘grafitis’, arengas y demás explosiones públicas del verbo son, póngale la firma, anónimas por puritica vergüenza, que es lo mismo que decir por miedo, todo lo cual proviene de una misma causa: incapacidad cerebral manifiesta de construir, de brindar positivamente al entorno iniciativas y propuestas.

¿Quién firmó, por ejemplo, los rayones que le hizo al pupitre del colegio? Este segundo tablero personal del aula de clases es, por excelencia, tierra de los nombres sin apellido, las iniciales y las ‘chapas’. No me sorprende. Éramos miedosos e irresponsables entonces. Lo que me sorprende es encontrar generaciones 10 ó 20 años mayores que las del pupitre, atiborrando de comentarios tan anónimos como inútiles los artículos y blogs que se cuelgan en Internet, los muros de la ciudad y los espacios radiales. “Uribe es una mierda”, repiten, y el mundo se queda esperando que un bendito experto les explique por qué.

Hace poco, un eminente catedrático chino del periodismo y las comunicaciones fue tildado de terrorista por miles de estudiantes universitarios gracias a que decidió apoyar un proyecto de ley contra los blogs anónimos. En adelante, los autores tendrían que identificarse con sus nombres verdaderos para permanecer online. Según los estudiantes, el decreto iba contra de la libertad de expresión. Según el maestro, la firma era un asunto de responsabilidad. Y la pregunta que bailaba en medio del debate era: libertad y responsabilidad, ¿valdrá la pena una cosa sin la otra?

No creo necesario inventarle una ley al asunto, pero estoy con el profe en que la firma es un indicador de compromiso. ¿Soy capaz de firmar todo lo que escribo? O mejor: de aquellas cosas que no firmaría, ¿cuántas vale la pena publicar? No se trata de cerrar la boca, sino de empezar a hablar con propiedad.

El anónimo y el piropo se caracterizan por no tener futuro. Apuntan, disparan y dan la espalda. Acaso, ¿quién empezaría un noviazgo con la palabra “lengua”?

Es ahí, entre el ataque verbal y la propuesta creativa, que yace la abismal diferencia entre el ‘grafiti’ y la frase célebre. El primero, de ingenio agudo pero corto alcance, vive una vida breve y es huérfano de padres. De la segunda, en cambio, conocemos ascendencia precisa y fecha de nacimiento, y gracias a su utilidad y poder de iluminación se imprime y multiplica por los siglos de los siglos amén.

En cuestión de semanas estaremos eligiendo alcalde, tal vez la única actividad obligatoriamente anónima en el país. El secreto en la votación se ha considerado por siglos como una seña de libertad política. A mí, de no ser por la corrupción y la obvia violencia en que vivimos, me parecería innecesario. Si me identifico con el candidato, ¿para qué la urna? Gracias al anonimato, no hay quién se ruborice hoy de su voto por Apolinar, quién se siente a estudiar propuestas de gobierno antes de marcar la cruz sobre el formulario, ni quién aprecie el verdadero peso, alcance y consecuencias de su participación.

Para siempre anónimo lo inevitablemente humano y corporal, como el amor secreto y los pedos. El resto: lo que sale de la boca, la cabeza o la mano, que se lee y reproduce, camina, viaja y se hace público, ojalá fuera siempre en serio y, como hijo legítimo, llevara nombre y apellido.

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