¡”Córransen” que hay puesto!

¡”Córransen” que hay puesto!

Ergonomía. Eso es lo que le hace falta al transporte urbano en Colombia. Si soy bajito no alcanzo a timbrar y tengo que hacer maromas para subirme; en cambio, si soy alto no me caben las piernas cuando me siento ni la cabeza cuando voy de pie; además me la golpeo cuando me bajo. ¿Quién no conoce a alguien que se haya lesionado una pierna al bajarse de estos transportes, así la gente haya adoptado el “¡un momeeentooo!” para tener tiempo de lanzarse del bus?

no_hay_puestoFuera de las incomodidades que el servicio de buses y colectivos nos presta a diario, éstos son punto de encuentro de mayorías y por lo tanto de una gran diversidad de culturas, que a la brava nos siembran un poco de tolerancia y abren los ojos ante la realidad que se vive en nuestro país. Situaciones cómicas suceden en estos transportes, como lo que le pasaba a la mona ‘peliteñida’ en Betty la fea cuando se subía a una buseta en Bogotá.
Los colectivos
Uno trata de subirse al colectivo, suena el bip y bueno: ¡agárrese de lo que encuentre! Es una ‘mamera’. Es clarísimo que al “diseñar” estos transportes se lo hace pensando en el centímetro para que le quepa más gente y cualquier cojín ‘aguanta’ como asiento.
Lo más aburridor de transportarse en los colectivos son esos dos “puesticos” tipo violación que quedan en las dos esquinas posteriores del carro, siempre libres, para decir con mucho carácter: “Perdón… permiso… ¡ay, qué pena!…”. Y bueno, si a uno le toca en el puesto de delante queda cerca de la puerta y se facilita la bajada, pero se convierte en el cajero del bus, vil ayudante; y si uno se quiere hacer en el puesto del copiloto, ‘le queda’ una calcomanía que dice “Sólo peluches saladitos”. En fin…
Los buses
Lo bueno de los buses son las calcomanías, que son más amistosas que las de los colectivos: “El timbre no es freno”; la de los dos burros que dice “Por fin nos encontramos los tres”; o la de los ratoncitos que dice “Cuando uno está mal todos le caen encima”; entre otras. Dato curioso: la mayoría de los choferes son hombres rudos, malencarados, pero a todos los acompaña una calcomanía de Piolín, Tazmania o Paco.
En los buses el problema no acaba con la registradora, ubicada de la peor manera posible. Acá lo particular son los vendedores que se suben: parece que existiera un instituto para la mendicidad y el rebusque. Todos los que se suben al bus dicen la misma vaina: “Con el permiso del señor conductor…”.
Al intentar bajarse uno puede encontrar cualquier tipo de curiosidad con los timbres: unos nunca suenan, otros causan distorsión en la emisora, otros hacen que se le enciendan los ojos de color rojo a la Virgen del Carmen que lleva el chofer y algunos más osados, con un pito poco varonil, indican al chofer que debe detenerse cuando él decida, le parezca y le dé la gana dejarlo en un charco, frente de un árbol o en la mitad de la calle.
Transporte público
El común denominador en el transporte urbano son las emisoras: lo menos ‘pior’, El Corrillo de Mao y Antena 2 con sus largas discusiones sin sentido sobre fútbol; además, no hay nada más vacío que una entrevista a un jugador de fútbol, pues nunca dicen nada. Igual que el vallenato llorón del medio día, los locutores de comentarios enlatados y personajes tontos con los mismos chistes verdes ‘chimbos’ de humor poco inteligente.
Sea como fuere, el sistema de transporte público de Colombia cumple apenas con las necesidades de transportarse de un lugar a otro sin tener en cuenta las incomodidades y peligros que esto presenta, y se ha convertido en un espacio muy particular dentro de la cotidianidad de cada persona, porque en un bus nos roban, nos soban, nos venden, nos compran y hasta nos cantan una canción.
Los buses y colectivos son el lugar de interacción más directa con la gente, la verdadera gente que sobrevive a diario en este país.

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