¿Cuántos más? La violencia de la doble moral.

¿Cuántos más? La violencia de la doble moral.

Ilustración por Felipe Cano

Ilustración por Felipe Cano

La mayoría de colombianos (los de a pie, quiero decir), constantemente pasan su vida renegando debido a su situación, la situación nacional; despotricando de la administración de turno; y demás… ¡Ah, pero eso sí!: esperan con ansias el fin de semana, en especial el domingo, día en el que se entregan a Morfeo en cuerpo y alma olvidándolo todo, incluso que una vez, cada 4 años, tienen el derecho de decidir si las cosas cambiarán o no. Y no lo hacen. Prefieren la queja miope ante la acción eficaz. Así viven.

Saben de la desigualdad social que prolifera, los pobres niveles de la educación pública, el inverosímil incremento en los grados de corrupción, la gran cantidad de tutelas bajo la cual se ejerce un paupérrimo sistema de salud, la poca o nula confianza que atañe al otro, etc., pero no han querido entender que esta realidad les concierne y que, por lo tanto, es su responsabilidad; por el contrario: ni se inmutan, les da igual. Siguen callando sus voces en público mientras en sus casas se explayan en insultos de todo calibre, encontrando en un noticiero su chivo expiatorio, pretendiendo reafirmar algo de la moral que suponen tener.

Por supuesto, no hay que generalizar: cada tanto ha aparecido una persona cuyos firmes ideales se han basado en el conocimiento de todo lo anterior, más la inamovible convicción de que se debe hacer algo, que urge, que ha urgido antaño y no puede esperar más,… Y lo han matado. Lo matan y las personas se indignan por unos días, pero después,  “¡¿No supiste a quién mataron en la novela?!” Oportunistas.

Justo es recordar que hubo personas como Héctor Abad Gómez, Luis Carlos Galán, Jorge Eliécer Gaitán, o Jaime Garzón, que se cansaron de mirar el desastre continuo de que sufría el país e intentaron con empeño, voluntad, y la visión de algo que parecía utopía, pero que podría llegar a ser realidad, luchar en pro. En su lucha contra el desastre, éste acometió oscureciendo la luz de sus vidas a manos de un sicario, cuyo aberrante pago fue el precio por sus vidas.

Ignorar esta realidad, nuestra infame violencia y demás atrocidades, nos ha llevado a una peor: ver con parsimonia cómo personas tienen que “trabajar” en semáforos. Es totalmente inicuo que alguien deba pasar el día entero ante un sol inclemente pidiendo —casi que rogando— que le permitan limpiar el parabrisas de un carro por algunas monedas; que tras de eso le digan que no y en su cara se vea reflejado un deprimente desamparo antes de volcar su mirada sin horizonte al suelo incierto. Inaceptable que personas sigan durmiendo serenas mientras ellos viven con la esperanza pendiendo de un hilo, que se  hace más fino conforme pasan los carros y los ¡No!

Así pues, dos preguntas meritan atención: ¿Cuántos más tendrán que morir en vano? ¿Cuántos más verán sus días pasar ante un sol abrasador y un pavoroso abandono?

Un país en donde el sólo 40% de los habitantes que votó en las últimas elecciones presidenciales no lo hizo por el mejor sino por el menos malo, debe recuperar su moral. La inmoralidad que supone el voto bajo estas condiciones deja algo claro: aquí no hay ni moral, ni doble moral: ¡Aquí lo que falta es moral!

 

Escrito por Jhon Eduar Gamboa

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