Cuatro Fanáticos del Futbol

1. Mi amigo B., que nació en el mismo edificio en el que viví toda mi vida, que fue tantas veces mi compañero de partidos imaginarios, es hincha del Bayern de Munich (no del Real Madrid ni del Arsenal ni de Boca, no: del Bayern de Munich)porque le regalaron la camiseta roja del equipo bávaro cuando tenía apenas cinco años. Seguía las transmisiones de la Bundesliga narradas por el barranquillero Andrés Salcedo: o sea que era fiel seguidor de “Migajita” Littbarski, de “El Poroto” Hässler y de “Mateíto” Matthaus. Sin embargo, no me pregunten por qué, pero quizás tenga que ver con el hecho incuestionable de que era un gran jugador, su favorito entre todos era el goleador “Caperucita roja” Karl Heinz Rummenigge. Sí, se pedía a Rummenigge en los juegos. Usaba el número once del Bayern en la zona verde del edificio. Se tomaba como algo personal que la gente se burlara de los rulos del delantero. En la final del mundial del 86, Argentina vs. Alemania, fingió que le gustaba que los latinoamericanos ganaran la copa hasta que Rummenigge hizo los dos goles que pusieron el marcador 2 a 2. Y entonces, todo se vino abajo. Dijo en voz muy alta: “ahora sí van a dejar callados a esos argentinos de mierda”. Y le costó semanas que su hermano, que iba por el equipo contrario, le volviera a hablar.

2. La Selección Colombia jugó un partido de preparación contra la titular de Millonarios a mediados de los ochenta. M., que era el líder del fútbol en mi curso del colegio, descubrió, a los 15 minutos del encuentro, que iba por el club bogotano. Sólo se atrevió a confesármelo a mí. “Es que Millonarios es mi equipo”, me dijo encogiéndose de hombros. “No deberían hacer estos partidos”.

3. A., mi compañero de curso desde los 5 hasta los 18 años, se hizo amigo de un tipo a pesar de que era hincha del América. Le gustaba oírle las anécdotas violentas de las barras bravas del cuadro rojo de Cali. Le fascinaba que le volviera a contar los cuentos de veterano de guerra que había recopilado con el paso de los partidos. Le celebraba todos los chistes, aunque que fueran chistes negros. No dejó de verlo cuando le oyó decir que una vez le habían hecho brujería a los del Deportivo Cali, ni mucho menos cuando se enteró de que algunos de sus compañeros de tribuna usaban papel higiénico con el escudo de los equipos contrarios. No le importó ni cinco cuando se enteró de que de vez en cuando le lanzaban pilas a los jugadores del otro equipo. Pero se alejó poco a poco de él, lo empezó a ver quincenal, mensual, semestralmente, desde el día en que lo vio asustado porque “es que ‘El Flaco’ apuñaló a un man a la salida del estadio”.

4. Un verdadero fanático tiene algún día el siguiente pensamiento: “podría pasarme el resto de la vida sólo viendo partidos de fútbol”. A S., que tiene todos los álbumes de los mundiales desde 1978, que se repite juegos claves de la copa de 1982 de vez en cuando, que no se pierde ningún documental sobre la historia de los mundiales, que lee cada mañana el Bestiario del balón, que tiene el himno de Millonarios grabado en un casete, que siempre está buscando amigos que quieran repetirse con él Fuga a la victoria, que no tiene con quién hablar de Manny, el líbero, que siente que el corazón se le acelera cuando un partido se alarga, que tiene que cerrar los ojos cuando un juego se define por penaltis, que todavía cree que una de las grandes influencias de su vida fue el programa de radio La barra de las trece, se le pasó por la cabeza esa idea (“el fútbol podría ser todo para mí”) durante la Eurocopa del año pasado.

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