Dame la castidad, Señor, pero no ahora

Dame la castidad, Señor, pero no ahora

dame la castidad

San Agustín nació en el 354 d. C. Desde temprano se consagró a las tabernas y al maniqueísmo, una herejía que atribuía origen divino al bien y al mal. A los 20 años viajó a Roma y ocupó la cátedra de retórica en una escuela catedrali­cia. A los 30 pasó a Milán, donde ganó por concurso la cátedra de elocuencia. Alternaba la docencia con la lujuria. “Dame la castidad, Señor, pero no ahora”, pedía en sus cautelosas oraciones.

Los teólogos italianos lograron apartarlo de la herejía maniquea. A los 33 años fue bautizado y se entregó a la práctica de la caridad y a persuadir herejes (origenistas, arrianos, pelagianos) en apasionados debates que no excluían la esgrima ni el pugilato. Como todos los hombres, San Agustín dio primero mal ejemplo y luego buenos consejos.

Pero también sabía sonreír. Cuando Evodio, su contertulio en Del libre albedrío, le pregunta qué hacía Dios antes de hacer el mundo, contesta: “Se dedicaba a cavar hondos fosos para los que preguntaren tales profundidades”. Luego ensaya otra respuesta: “La Nada; antes de la Creación Dios hizo la Nada”.

Quizá notó que el uso del adverbio antes era contradictorio porque implicaba la existencia previa del tiempo, y se corrigió con pasmosa agudeza: “El universo no fue creado en el tiempo sino con el tiempo”. Esta afirmación coincide punto por punto con las conclusiones de los astrofísicos contemporáneos.

Escribió Confesiones, un libro autobiográfico, Ciudad de Dios, filosofía de la historia, y Del libre albedrío, obra que recoge su pensamiento ético y teológico. Los autores de patrística consideran que su trabajo exegético sobre La Sagrada Escritura está muy lejos de igualar en valor científico al de San Jerónimo, y que en cuanto a filosofía cristiana es más riguroso Santo Tomás. Así será, pero la obra de San Agustín es de lectura más grata, y muchos de sus preceptos morales tienen validez universal y no solamente cristiana.

La vieja polémica sobre el libre albedrío, facultad del hombre de optar entre el pecado y la virtud, y problema filosófico central del cristia­nismo, puede resumirse así: si el hombre es libre de actuar –como argumentaban los pelagianos– Dios no es omnipotente pues los hombres pueden obrar en contra de su voluntad. Si no es libre, en­tonces no es responsable de sus actos y no puede ser juzgado. Somos marionetas indignas del cielo e inocentes del infierno.

Apoyándose en el dogma, San Agustín enfrenta el dilema y lo resuelve: si el hombre no fuera libre de actuar –nos explica– Dios cometería una injusticia al juzgarlo, fuere cual fuere la sentencia, y Él es justo por definición.

Concilia también el africano la precognición  divina y la responsabilidad que le cabe al hombre por sus actos: “No es que un hombre peque porque Dios así lo ha previsto, sino que Dios lo prevé porque sabe que ese hombre pecará. Desde el principio de los tiempos supo que su voluntad se apartaría del camino del bien un día”.

Desgraciadamente la discusión no puede avanzar porque los ortodoxos y los pelagianos viven en universos paralelos –el dogma y la razón– y no se encontrarán jamás. Con todo, este es un buen ejemplo de la consistencia del pensamiento agustiniano.

 

Autor: Julio César Londoño

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