DE FERIA TODO EL AÑO

DE FERIA TODO EL AÑO

 

Soy de los que huye de la Feria de Cali. Cada año, por esa época, me abro para otra ciudad, la que sea, con tal de no estar cerca de la cabalgata, las casetas, las corridas de toros, y por ende, la violencia, los tiros al aire, la orina disparada desde pistolitas de agua, etcétera. Sin embargo, en esta feria no huí. Decidí quedarme, motivado por el arrivo de la mayoría de mis amigos que, residentes en otras ciudades, regresan siempre a la capital vallecaucana cada diciembre para revivir la brisa y el atardecer de sus raíces. Aunque no estuve en la cabalgata ni me metí a los conciertos, tuve oportunidad de gozarme más de una actividad oficial. Igualmente obtuve de buena fuente, información acerca de la mayoría de los eventos. Y la opinión, incluída la mía, es unánime: La Feria de Cali se fajó, se lució, la sacó del estadio. Hasta un crítico acérrimo de la Feria, como yo, tiene que reconocer que las entidades encargadas de la organización del festejo, encabezadas por el alcalde, señor que no es de mis afectos por otras razones, sacaron la más alta califiación, si es que existe una para este tipo de cosas. Los índices de violencia estuvieron por debajo de los de años anteriores, las actividades para todo público estuvieron a la orden del día y al alcance de la mayoría, hubo innovación, creatividad, y lo más importante, la ciudadanía se sintió identificada con su Feria, porque a fin de cuentas eso es lo que es, una feria de la gente.

 

Foto: Cindy Muñoz - EL CLAVO

De ahí que me atreva a afirmar que Cali debería vivir de feria todo el año. Obviamente exagero. A lo que me refiero es que, demostrado ya que con voluntad política, con esfuerzo mancomunado, con cultura ciudadana, con identidad en formación, con aciertos previos en la ejecución de proyectos, es hora de que en La Sultana se institucionalice una política pública destinada a la diversión y el sano esparcimiento. Seguramente un alto porcentaje de una eventual serie de eventos cutlurales girará en torno a la rumba, eje central de la economía y el alma caleña. Algo que seguramente espantará a muchos, intuyendo que nuestra ciudad llegaría a convertirse en una Sodoma moderna y tropical. Empero, la rumba bien administrada y consumida bajo los parámetros una buena organización y un cultura ciudadana en desarrollo, puede llegar a convertirse no sólo en un atractivo turístico poderoso y rentable, sino también en un motor que hale otro tipo de movidas. Sólo por poner un ejemplo: Gracias a la rumba miles de jóvenes se han comenzado a acercar a la riqueza infinita del Pacífico Colombiano, que encuentra por facilidad geográfica en Cali, su punto de encuentro más accesible para locales, nacionales y como dice Jorge Barón, hasta internacionales. Para aquellos que profesan su quijotesca fe en contra de lo que somos, rumba, noche y diversión, es hora de entender las ventajas de esta idiosincracia. Lo han entendido ciudades como Miami, islas como Ibiza, y hasta países como Tailandia. ¿Será que podemos entenderlo e intentarlo nosotros también?

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