De la canasta al carrito rodachín

De la canasta al carrito rodachín

Los contrastes del comercio en Colombia

carrito_rodachin

En los mercados el ambiente está “vivo”, con gritos, rancheras, vallenatos y corridos prohibidos. Bien sea la de Paloquemao en Bogotá o la Casa de Mercado de Pamplona, Norte de Santander, en sus cientos de locales se consigue de todo: peluquerías, restaurantes, floristerías y almacenes de ropa. En los puestos de hierbas curativas y esoterismo por ejemplo, venden hierbabuena, eucalipto, “matarratón” y menjurjes para males recónditos del ser humano: la pereza, el insomnio, la memoria y el dolor del alma por un amor.

La plaza de mercado posee una amalgama de olores y sabores típicos en medio del tumulto de gente. La identidad de estos sitios está ligada al desorden y a un cúmulo de “aromas”: lengua en salsa, carne guisada, frutas, verduras y vísceras frescas, que transportan a sus visitantes o que los pueden sacar corriendo de allí si no están preparados para la experiencia.

Los fines de semana se han legitimado para recorrer sus laberínticos corredores a los que todos llegan queriendo llevarse la mejor carne, la fruta más “bonita”, y es ahí donde se intercambian experiencias en conversaciones en las que trasciende la relación comprador-vendedor, con chistes y “mamadera de gallo”, comentando vivencias y problemas en medio de la jocosidad mientras se regatean los precios.

Alterno a la diversidad de estas plazas, se encuentran los supermercados que plantean otras formas de relaciones. Al entrar a un supermercado, el visitante se encuentra con una división del espacio en secciones. En ellos todo es pulcro y “huele a limpio”, con baldosas impecables, pasillos de iluminación intensa por los que se transita con facilidad y altos estantes uniformes, que permiten mantener el orden y la estratégica colocación de los productos.

La tecnología representada en cámaras de seguridad, cajas registradoras, y tarjetas, hace de los supermercados lugares sofisticados, sin bullicio y hasta exclusivos. Comprar en un supermercado significa para los habitantes de distintas ciudades, obtener un estatus que no ofrecen las plazas. No todo el mundo va al “súper”, esto permite en ellos alejarse de la multitud, los olores típicos y el desorden característico del mercado.

Dos caras de una misma actividad

Lo que hace popular a una plaza de mercado no es una cuestión de estrato porque allí entra hasta el más pudiente, y aunque en distintas ciudades son empresa privada, la población aprehende y se apropia de estos lugares. Las plazas son populares por todas las prácticas culturales que se gestan dentro y fuera de ellas y así son aceptadas y queridas por propios y extraños.

Los vendedores se transforman al llegar allí. El que lleva en su hombro un bulto galantea con un piropo desprevenido, después de abrir el “chuzo” su semblante cambia y comienzan la jornada con risas, carcajadas e insultos, inseparables de la dinámica comercial en los mercados. Mientras en la antigua plaza la pinta es lo de menos, a los supermercados se va bien presentado y se realiza la compra con la mayor brevedad y sin rodeos.

El mercado popular teje la cotidianidad de pueblos y ciudades en un punto de encuentro donde se da sentido a tradiciones, algunas palpables, otras inmateriales pero ambas como imaginarios de los habitantes. Por su parte, el sistema de los supermercados filtra lo que llega a su interior, estableciendo pautas de comportamiento en donde el diálogo y el contacto con el otro están limitados.

Una parte de nuestro capital de comunicación popular aún se mantiene vivo, entre manifestaciones que se alimentan de representaciones culturales, cobijadas por un mismo techo lleno de vivencias y labores, que sobreviven en el anonimato a las transformaciones sociales.

Comments

comments