De la invisibilidad de ciertos mundos.

De la invisibilidad de ciertos mundos.

DSC01304A propósito de las nominaciones a los premios Oscar, Colombia participó este año en la preselección con “Los niños invisibles” de Lisandro Duque Naranjo, luego de una difícil decisión en la que “Bolívar soy yo” de Jorge Alí Triana era la otra película opcionada para representar al país.
Basada en el retroceso (flash back) como herramienta narrativa, Los niños invisibles expone su relato a través de un narrador situado en la actualidad, quien apela a sus recuerdos para ubicar la mayor parte de las acciones citadas en el filme. Sus pocas intervenciones a lo largo de la historia, hacen pensar que su participación no era del todo necesaria dentro del relato, asunto que Duque Naranjo soluciona hábilmente hacia el final de la cinta, involucrando directamente al narrador con el argumento de la película.
Los niños invisibles corre el mismo riesgo que otras cintas que se han valido de los niños como protagonistas, acudiendo a despertar emociones fundamentadas en la ternura, la inocencia y la misma belleza de la niñez, para citar sólo algunas, antes que presentar una propuesta cinematográfica sólida (recuérdese por ejemplo a Los niños del cielo, de Majid Majidi), radicando su éxito en la aceptación por parte de un público enajenado por un grupo de niños (definitivamente parece que todos los niños “son bonitos”), dejando de lado el manifiesto artístico.
Sin embargo, Duque Naranjo aporta algo más que eso, aunque no tanto como debiera esperarse para lograr establecer una distancia con la reacción generada por “las inquietudes de la niñez”. Este aporte parte de una interesante inspección al mundo infantil, no limitada a las travesuras o las lágrimas y sonrisas que conquistan al público de inmediato: en Los niños invisibles es visible (por oposición al título), una entronización de la perspectiva infantil sobre cualquier otra visión del mundo, arrojando como resultado, una película que no sólo se ocupa de traer a la pantalla esa parte de la vida recordada con añoranza o nostalgia, o que se inclina solamente por una mera descripción del qué hacer infantil, aunque en ciertas secuencias, en especial aquellas destinadas a las de los adultos, pareciera que sólo se busca concretar la opinión de un público a favor del metraje.
Visualmente hablando, Los niños invisibles muestra a través de una fotografía de corte pasivo y tradicional la pesadez y lentitud con que se desarrollan las acciones en uno de tantos pueblos colombianos, movido apenas por la agilidad con que los protagonistas llevan a cabo sus planes de hacerse invisibles; no se escapa a esta parte en momento alguno, la ligereza en la lógica, la celeridad de las acciones y viveza de los niños, expuestos en los diferentes planos diseñados para contener el mundo infantil. Es ineludible pues, en el enfrentamiento de la experiencia infantil con la adulta, despertar ciertos niveles de emoción en el público (los brotes de humor, matices de tristeza, etc.), haciendo inevitable que más de un espectador se incline por una apreciación favorable sobre este filme más por asuntos de esas emociones que por un análisis concienzudo de la propuesta de su Director. En la parte sonora, Los niños invisibles resuelve los obstáculos en la que la mayoría de las producciones colombianas caen: diálogos inaudibles, música incidental que supera en intensidad sus diálogos, y falta de sincronía con el componente visual.
Luego de algunos años de ausencia del cine en Colombia, Lisandro Duque Naranjo dirige Los niños invisibles (2001), película que se basa en las experiencias infantiles en medio de una población tradicional colombiana de años anteriores. Un niño enamorado de su vecina, decide hacer hasta imposible para estar cerca de esa niña: hacerse invisible; para lograr su cometido, recurre a hechicería, involucrando a sus dos amigos del colegio. Lejos de parecerse a Escarabajo (1982), Visa USA (1986) y Milagro en Roma (1988), Los niños invisibles reflejan una madurez en la carrera de director, quien según parece se ha ocupado más en una búsqueda de una marca personal a escala cinematográfica que en salidas de corte comercial.
Los niños invisibles es sin duda, el trabajo más interesante y atractivo de Lisandro Duque Naranjo, del que mucho se esperaba luego de sus primeras producciones en el cine (que si bien son parte de la historia del cine hecho Colombia, dejan mucho que desear como propuestas cinematográficas), expectativa influida por una personalidad crítica (léase por ejemplo su columna los domingos en el semanario El Espectador), con una mirada aguda de la realidad, y conocimiento del contexto cultural colombiano que en algún momento debía ponerse a rodar en una pantalla.
Los niños invisibles recoge parte del patrimonio cultural colombiano, recuerda las tradiciones de un país que rápidamente se olvida de su pasado, y se acerca a una labor más personal del realizador términos de cinematografía, en tanto exhibe una particular visión de la realidad, valiéndose para ello de fragmentos de un mundo ya invisible para muchos de nosotros: el infantil.

Comments

comments